(una disyuntiva de fe)
El viento frío del otoño arrastraba las primeras hojas secas contra los ventanales de la nave central, creando un chasquido rítmico, casi metálico. El padre Julián, un sacerdote joven ordenado hacía apenas tres meses, recorría el pasillo apagando una a una las velas del altar.
Había enviado a su casa temprano a las dos señoras que lo ayudaban con la limpieza y los quehaceres de la iglesia y de la casa parroquial. Las noticias anunciaban un temporal feroz para la zona antes de medianoche, y Julián no quería que el agua las sorprendiera en el camino.
