El frío de la madrugada se colaba por las rendijas de los ventanales de la guardia, trayendo consigo el olor a humedad y a desinfectante barato. El doctor Marcelo Olivera, con los ojos ardiendo por el cansancio y los brazos cruzados sobre la mesa del office, miraba fijamente el café frío en su taza de plástico.
A sus cuarenta y cinco años, Marcelo era la sombra de lo que alguna vez prometió ser. Una década atrás, antes de que la impunidad y la botella quebraran su matrimonio y su carrera en el Hospital Central, su nombre sonaba para las grandes ligas de la cirugía cardiovascular. Hoy, sus manos —temblorosas fuera del quirófano, pero todavía precisas bajo la luz fría de aquel lugar— solo servían para coser borrachos, reparar cortes de peleas callejeras y firmar certificados de guardia en un nosocomio de periferia abandonado por la mano de Dios.