La humedad del Paraná no te avisa, se te mete por la boca cuando respirás y te va enfriando el esternón de a poco, como una cucharada de helado de invierno.
A las siete de la tarde en Santa Fe, la noche ya es una chapa negra clavada sobre el cielo. Marcos se acomodó la campera de abrigo, una gris, gastada en los puños, y sopló sobre los nudillos antes de cerrar la planilla de Excel. No era tipo de quedarse a hacer horas extras, pero le habían tirado encima las liquidaciones complementarias y sabía que, si las dejaba para el otro día, la mañana le iba a pasar por encima.