(me lo contó el hijo de Celestino)
El sol soplaba fuego sobre los rieles de Ceres. Un calor denso, el ruido ensordecedor de chicharras enloquecidas y la tierra reseca convertían la estación en un horno a cielo abierto. La mole de hierro llegó resoplando como un monstruo agonizante, el tren al que todos llamaban El Tucumano: una vieja locomotora a vapor del Central Argentino que avanzaba desde el norte hacia Rosario. El aire olía a hollín, a grasa quemada y al tufo pesado del petróleo crudo que alimentaba sus entrañas. Tuvo que parar obligada a tragar litros y litros de agua frente a la manguera del tanque elevado para no reventar en el intento.