Hay casas que no se miden por los metros cuadrados de su terreno ni por la pulcritud con la que la gramilla corta el aire al atardecer, sino por el kilaje de las protestas que se tiran a la cabeza con la ligereza de un mate amargo.
En la comarca de Darío A. y Silvina S. rige una ley invisible, una disciplina olímpica de contrapunto donde la convivencia se sostiene entre el rigor y la maña. Por un lado está Silvina, encarnando la suma del poder ejecutivo y judicial de la parcela; por el otro está Darío, un insurrecto profesional que (según Silvina S.) acata cada directiva con la velocidad de un caracol con reuma, pero con la queja siempre afinada a flor de piel.