El tiempo adentro de estas paredes tiene otra densidad. No se mide en horas, sino en respiraciones, en silencios demasiado largos y en el eco de un teléfono que todavía me resuena en la cabeza como una alarma que nunca termina de apagarse. Desde aquel viernes, el mundo de afuera se volvió una ficción lejana; la única realidad que me queda es este cuarto, esta quietud suspendida y la urgencia de sostener lo que parece desarmarse entre las manos.
Escribir siempre fue mi forma de ordenar el caos, de encontrarle un cauce a los paisajes de la memoria. Pero acá adentro, las palabras se me quedan cortas, se vuelven torpes. ¿Cómo se narra la impotencia? ¿Cómo se describe el oficio de ser un dique que intenta contener un río desbordado, sabiendo que uno también está hecho de grietas?
Hay días en que la fragilidad nos da una tregua, un amago de paso hacia adelante que se siente como un respiro. Pero al día siguiente, el suelo vuelve a ceder y retrocedemos dos. Es en esos momentos cuando la paciencia, esa que uno creía infinita por puro amor, se vacía por completo. Te quedás ahí, mirando la nada, sintiendo el peso de los años y una fatiga que no se quita durmiendo. Es un cansancio del alma, el sufrimiento silencioso de descubrir que el manual de la vida no traía ninguna página que te enseñara cómo reaccionar ante el abismo de un hijo.
A veces me desconozco. Me descubro habitando un rol para el que nadie te prepara: el del fuerte que no tiene fuerzas, el del guía que no conoce el mapa. No sé qué decir, no sé si el silencio acompaña o si aísla, no sé cómo ganarle a los fantasmas que no son míos, pero que me duelen como si lo fueran.
Y sin embargo, en medio de esta tristeza que lo tiñe todo de una nostalgia gris, me quedo. No hay recetas, no hay respuestas claras, solo la decisión terca y muda de seguir estando en la silla de al lado. Aunque no sepa cómo, aunque el dolor me venza, acá sigo. Esperando que el temporal pase, un minuto a la vez.