...o "el peso de las ultimas veces".
Nos pasamos la vida ignorando una verdad incómoda: la existencia está tejida de pequeñas y silenciosas "últimas veces". Hubo un día en que dejamos de jugar en la calle, un momento exacto en que abrazamos a alguien por última vez sin saberlo, o una tarde en que compartimos una risa que ya no volverá a repetirse. Vivimos con la arrogante certeza de que las personas y las rutinas estarán siempre ahí, hasta que el tiempo (implacable y sin avisar) nos demuestra lo contrario, dejándonos atrapados en el peso del arrepentimiento por lo que no dijimos, por la prisa con la que nos fuimos o por el abrazo que dimos por sentado.
Hay actos que repetimos por pura costumbre hasta que, de pronto, la conciencia de nuestra propia fragilidad los transforma en un altar.
Cada mañana, antes de cruzar la puerta de mi casa, me acerco adonde esté de mi pareja (generalmente durmiendo a esa hora) y le doy un beso. Me agacho un segundo, acaricio a mi gato y le dejo otro. Es un gesto de apenas unos segundos, pero en ese breve instante se concentra todo mi universo.
El mundo moderno nos enseña a vivir en el futuro, atrapados en la ilusión de que el mañana es una garantía y no un préstamo. Planeamos semanas, proyectamos años y damos por sentado que siempre habrá un regreso. Sin embargo, la vida me ha enseñado (en un golpe casi filosófico) que la existencia está llena de últimas veces invisibles: el último abrazo a un amigo, la última caminata bajo una lluvia de verano, la última conversación sin apuro. El problema no es que las cosas terminen, sino que casi nunca nos avisan cuándo está ocurriendo...
Por eso, ese beso dejó de ser una rutina para convertirse en un ritual. No lo doy desde el temor o la paranoia de lo que pueda pasar afuera, sino desde la gratitud profunda por lo que tengo adentro. Al rozar su piel con mis labios y al sentir el afecto sincero de mi compañero de cuatro patas, estoy firmando un pacto con el presente. Le estoy ganando de mano al olvido y a la prisa.
Salir a la calle es internarse en el azar. No sabemos qué nos depara el día, ni si el destino respetará nuestros planes. Pero me voy tranquilo: si el azar decidiera que hoy no hay regreso, sé que mi último acto no fue la prisa ni la indiferencia, sino el amor entregado de forma consciente.
En ese beso cotidiano, sin saberlo, ya nos hemos dicho todo.