(algunos dirán que es cuento.... otros, "anécdota")
En colaboración con Martino NuÑez (el ñuñi)
El teléfono de las tres de la tarde
Hay apellidos que son una trampa de la estadística. Gómez, en el Río de la Plata, es uno de ellos: una multitud anónima amparada bajo cinco letras.
Aquella tarde de primavera, la casualidad decidió jugar una partida de ajedrez maquiavélica en la recepción de un hotel céntrico.
La señora Gómez —uruguaya, de paso por la ciudad— había llegado temprano el día anterior. Como su habitación individual no estaba lista, en recepción le ofrecieron pasar la primera noche en una suite matrimonial de la tercera planta, la 3217. A la mañana siguiente, la mujer mudó sus valijas a la 1013, su habitación definitiva. La 3217 quedó libre solo por un par de horas: pasado el mediodía, un matrimonio recién llegado —casualmente, el señor y la señora Gómez— ocupó esa misma suite.
A las tres de la tarde sonó el teléfono fijo de la recepción.
Al otro lado de la línea, desde Montevideo, la voz del esposo de la primera señora Gómez sonaba firme, pidiendo que lo comunicaran con la habitación 3217. El recepcionista, levantando la vista del mostrador justo en el momento en que el nuevo matrimonio Gómez cruzaba la puerta de entrada hacia la calle, respondió con amabilidad mecánica:
—El matrimonio Gómez acaba de salir del hotel, señor.
Un silencio denso viajó por el cable submarino.
—¿El matrimonio? —preguntó la voz, mutando en un susurro helado—. Le estoy preguntando por la señora Gómez, de la 3217.
—Sí, exacto —confirmó el empleado sin chequear el sistema, apurado por atender a otro cliente en la barra—. Acaban de salir los dos juntos.
Al teléfono no hubo gritos ni reclamos. Hubo un clic seco.
Cinco horas en la ruta
Lo que el recepcionista no sabía —y difícilmente hubiera podido imaginar— era la tormenta de celos patológicos que ese error banal acababa de desatar a trescientos kilómetros de distancia.
El hombre no volvió a llamar. No pidió aclaraciones. Guardó un revólver en el bolso, subió a su auto y aceleró hacia el puerto para cruzar el río, masticando veneno durante cinco horas de tramo recto y sombras largas. En su cabeza, la suma era perfecta y destructiva: su mujer le había mentido, estaba en un hotel con otro y salían juntos a pasear a la vista de todos.
Llegó al hotel al anochecer. Entró por la puerta giratoria con la mano metida en el bolsillo del saco y el pulgar sobre el martillo del arma, directo a buscar la verdad a los tiros.
Pero el destino tenía preparado el último engranaje.
En ese exacto segundo, la verdadera señora Gómez bajaba alegremente por la escalera principal desde el primer piso. A su lado bajaba un huésped cualquiera, un hombre que simplemente le había cedido el paso en el descanso y con quien venía intercambiando una sonrisa trivial sobre el pronóstico del tiempo.
El esposo, cegado por el viaje, la paranoia y la fatiga, no vio a una esposa conversando con un desconocido de paso. Vio la confirmación sangrienta de su sospecha.
Tres disparos secos retumbaron en el hall del hotel. La mujer cayó en el descanso; el desconocido, dos escalones más abajo. La tercera bala fue para el propio agresor, que se desplomó al pie de la escalera antes de que alguien alcanzara a reaccionar.
El peso del error
En los días posteriores, cuando la policía reconstruyó la cadena de eventos y descubrió la existencia del otro matrimonio Gómez en la habitación 3217, el recepcionista quedó al borde del colapso.
Acosado por la culpa, repetía ante quien quisiera escucharlo:
«Si yo hubiera mirado la pantalla... si hubiera dicho el nombre de pila... si no me hubiera apurado... yo los maté».
Y aquí se abre, de nuevo, la brecha para la discusión que trasciende los pasillos de un juzgado:
¿Es el recepcionista jurídicamente culpable de esa masacre?
La respuesta de la ley es categórica: no.
El Derecho Penal no juzga las coincidencias infortunadas ni la mala praxis administrativa como si fueran conspiraciones para matar. El deber del recepcionista era brindar una atención eficiente, no prevenir la locura de un femicida armando un itinerario de venganza a través de dos países. Entre la negligencia de un empleado que no verifica una planilla y tres muertes en una escalera, se interpone la decisión libre, consciente y desquiciada de un hombre que decidió apretar un gatillo.
El empleado cometió una falta laboral grave que le costó el trabajo; pero la barbarie fue obra exclusiva de quien viajó cinco horas alimentando un monstruo interno.
Para la charla de sobremesa...
La vida moderna nos expone todo el tiempo a errores ajenos: un trámite mal hecho, un dato mal pasado, un mensaje que llega a destiempo. Pero, ¿hasta qué punto podemos culpar a la "chispa" cuando el "polvorín" lo llevamos adentro?
¿Qué pensás vos? En una tragedia así, ¿el recepcionista es solo una víctima más de una coincidencia macabra, o debería existir una sanción legal para quienes, por pura holgazanería, le entregan el fósforo al pirómano?