(Crónica de un texto prestado)
A los 52 años, uno cree que ya aprendió a nombrar las pérdidas. Se supone que la escritura sirve para eso: para domesticar el dolor, para darle un orden a lo que se rompe por dentro. Pero cuando se te va el amigo de toda la vida —el hermano con el que compartiste la juventud, los códigos, las batallas y los años—, las palabras se vuelven pesadas, torpes, insuficientes.
En medio de ese silencio irrumpe un audio de quince minutos. Es el "Pichón". Habla con la voz quebrada, entre el sollozo aguantado y la dignidad intacta de los hombres de fuerza. Me llama "tío" y me pide ayuda. Quiere que le arme unas líneas para leérselas a su viejo en el cementerio, este 28, cuando se cumpla el primer mes. Me entrega sus recuerdos en bruto, como quien descarga un morral lleno de piedras y tesoros sobre la mesa.