martes, 2 de junio de 2026

Desde una sala de hospital...

 

El tiempo adentro de estas paredes tiene otra densidad. No se mide en horas, sino en respiraciones, en silencios demasiado largos y en el eco de un teléfono que todavía me resuena en la cabeza como una alarma que nunca termina de apagarse. Desde aquel viernes, el mundo de afuera se volvió una ficción lejana; la única realidad que me queda es este cuarto, esta quietud suspendida y la urgencia de sostener lo que parece desarmarse entre las manos.

Escribir siempre fue mi forma de ordenar el caos, de encontrarle un cauce a los paisajes de la memoria. Pero acá adentro, las palabras se me quedan cortas, se vuelven torpes. ¿Cómo se narra la impotencia? ¿Cómo se describe el oficio de ser un dique que intenta contener un río desbordado, sabiendo que uno también está hecho de grietas?

Hay días en que la fragilidad nos da una tregua, un amago de paso hacia adelante que se siente como un respiro. Pero al día siguiente, el suelo vuelve a ceder y retrocedemos dos. Es en esos momentos cuando la paciencia, esa que uno creía infinita por puro amor, se vacía por completo. Te quedás ahí, mirando la nada, sintiendo el peso de los años y una fatiga que no se quita durmiendo. Es un cansancio del alma, el sufrimiento silencioso de descubrir que el manual de la vida no traía ninguna página que te enseñara cómo reaccionar ante el abismo de un hijo.

A veces me desconozco. Me descubro habitando un rol para el que nadie te prepara: el del fuerte que no tiene fuerzas, el del guía que no conoce el mapa. No sé qué decir, no sé si el silencio acompaña o si aísla, no sé cómo ganarle a los fantasmas que no son míos, pero que me duelen como si lo fueran.

Y sin embargo, en medio de esta tristeza que lo tiñe todo de una nostalgia gris, me quedo. No hay recetas, no hay respuestas claras, solo la decisión terca y muda de seguir estando en la silla de al lado. Aunque no sepa cómo, aunque el dolor me venza, acá sigo. Esperando que el temporal pase, un minuto a la vez.

jueves, 7 de mayo de 2026

Quizá la primera...

Hace muchos años (cuando yo tenía 17, ahora tengo 52), iba al Colegio Nacional de Laguna Paiva, conocí a una joven de mi edad (o quizá un año más chica, no lo recuerdo bien ahora). Andrea se llamaba (se llama, pues entiendo que continúa con vida), con la cual seguramente —de haber continuado frecuentándonos— nos hubiéramos convertido en amigos (y hasta quizá en algo más), debido a que poseía todos los condimentos necesarios, o al menos tenía todas aquellas cualidades que yo buscaba —y busco— en mis amistades y relaciones. Era una mujer que, además de poseer una belleza de tipo "natural", tenía el don (o habilidad, o condición, no sé cómo llamarlo) de ser frontal, directa y tener sus cosas muy en claro respecto a lo que quería.

martes, 28 de abril de 2026

El arte de perdonarse ...

A veces, la vida se siente como una cuerda tensada entre lo que recibimos y lo que intentamos dar. Caminamos cargando una mochila invisible llena de historias que no escribimos nosotros: las sombras de nuestros padres, los silencios de nuestra infancia y las batallas que libramos cuando apenas estábamos aprendiendo a ser adultos.

Existe una trampa silenciosa en la maternidad y en los vínculos profundos: la creencia de que debemos ser una fuente inagotable de luz, incluso cuando nosotros mismos crecimos en la penumbra.

domingo, 26 de abril de 2026

Coraza, refugio y prision...

 

Resulta una tragedia silenciosa cuando la arquitectura de una confianza ciega se desploma no por un accidente, sino por la omisión deliberada de la verdad. A veces, la generosidad de quien entrega un espacio privilegiado en su vida es recibida con una incapacidad crónica para habitarlo con honestidad. Cuando alguien tiene la oportunidad de limpiar el terreno mediante la transparencia y decide, en cambio, guardar silencio ante una verdad que ya es conocida, altera inevitablemente la composición química de quien le rodea.

martes, 21 de abril de 2026

Pauli...

 

Hay ausencias que no se miden en kilómetros ni en frecuencia de visitas, sino en la profundidad del hueco que dejan cuando el mundo decide seguir girando sin ellas. Paula era, para todos, un ser de luz; para mí, era un espejo donde me reconocía sin necesidad de palabras.