Bajo la sombra espesa del monte misionero, verla frenaba el tiempo. Analía tenía esa belleza que rompía cualquier molde, marcada por un contraste difícil de olvidar: la piel canela, dorada por el sol de la siesta y teñida de la tierra roja; los pómulos marcados y una melena de rizos rubios ceniza que le caía sobre los hombros con gracia silvestre. Pero lo que atrapaba de verdad era la mirada: dos ojos rasgados, profundos —de un azul o un verde casi translúcido, dependiendo el tiempo— donde convivían el orgullo, la ingenuidad y una serenidad única.