(O el catálogo inevitable del bochorno cariñoso)
Hay un misterio ontológico que la ciencia aún no ha logrado descifrar del todo: ¿cómo un sujeto adulto, instruido, capaz de pagar sus impuestos, votar con criterio y redactar correos electrónicos con sujeto y predicado, es capaz de reducir su léxico a un balbuceo simio en cuanto se enamora?
A los ojos de un tercero neutral, presenciar a una pareja en pleno despliegue de su código fonético privado resulta una experiencia cercana al bochorno ajeno extremo. Sin embargo, hay una verdad incómoda que la sociología de bar suele ocultar: el crítico de hoy es el degradado de mañana.
Para fines estrictamente analíticos —y sabiendo que el lector no dudará en reconocerse (o reconocer a su inquisidor) en alguna de estas trágicas variantes—, hemos actualizado este catálogo del bochorno cotidiano.
Los de la nutrición desmedida (Gordo / Gor / Gordi): Es el clásico de clásicos. Misteriosamente, el adjetivo no guarda ningún tipo de relación con el índice de masa corporal del destinatario. Podrá ser un espécimen flaco como un espárrago, pero para su pareja será "Gordo". Hay acá una aparente búsqueda de confort, una metáfora de la abundancia. La contracción a "Gor" representa el pico de la pereza lingüística, una etapa donde el afecto economiza vocales porque la confianza es tal que ya no hace falta disimular la pesadez del alma.
El complejo parento-filiar (Mami / Papi): Ingresamos en terrenos freudianos resbaladizos. Son parejas que no tienen hijos -o que los tienen, pero han decidido ignorar sus verdaderos nombres en un acto de amnesia selectiva- y se llaman entre sí "papi" y "mami" con una soltura que desorienta al transeúnte. Hay una extraña transferencia de autoridad y amparo maternal/paternal. El riesgo biológico de esta categoría es alto: cuando se dice en voz alta frente a los verdaderos padres, el aire de la habitación pierde de golpe el noventa por ciento de su oxígeno.
Los diminutivos de la azucarería (Amorci / Bebote / Cuchi): Acá la lengua castellana sufre un proceso de deformación plástica irreversible. La inclusión del sufijo -ci o -ote no busca achicar la cosa, sino infantilizar al sujeto hasta límites donde la dignidad humana queda seriamente comprometida. Quienes militan en esta categoría suelen acompañar la pronunciación con una leve inclinación de cabeza y una voz agudizada dos octavas por encima del tono natural, como si le estuvieran hablando a un caniche toy desnutrido o intentando calmar a un lactante con gases.
La monarquía del reducto doméstico (Princesa / Reina / Rey): Una aristocracia de cabotaje. Tipos que viven en un ambiente con humedad de cimiento se dirigen a su pareja como si estuvieran en el Palacio de Buckingham. Tiene la ventaja de la pomposidad, pero el peligro inminente de la ironía: la "reina" suele estar en ese preciso instante sacando la basura en chancletas, y el "rey" peleando a insulto limpio con el flotante del inodoro.
Los zoológicos y botánicos (Conejito / Chanchito / Pichón / Bicho): Un intento de la biología por abrirse paso en el departamento. Se asigna una especie animal según criterios totalmente arbitrarios. Nadie sabe por qué un tipo de noventa kilos pasa a ser un "chanchito", pero el apodo adquiere un estatus de ley constitucional dentro del hogar. El problema surge cuando, en una cena formal, a alguien se le escapa un "¿me pasás la sal, chanchito?" y el resto de los comensales debe fingir una tos convulsiva para no mirar.
Pero el fenómeno no estaría completo sin su contrafigura: el Juez de la Dignidad Ajena.
Es ese individuo —amigo, compañero de trabajo o transeúnte casual— que al escuchar un "amorci" ajeno tuerce la boca con un rictus de asco, pone los ojos en blanco y pronuncia frases lapidarias como: “Qué pesados, por favor”, “Yo jamás caería en esa estupidez” o “A mí háblenme por mi nombre”.
El Censor se siente moral e intelectualmente superior. Se percibe a sí mismo como un bastión del pragmatismo y la sobriedad. Sin embargo, la historia de la humanidad demuestra que el Censor es un gigante con pies de barro.
Porque el Censor no es duro: está simplemente soltero, o atravesando un ayuno afectivo.
En cuanto el destino le cruce a alguien que le desordene las neuronas, el Censor sufrirá una metamorfosis fulminante. El mismo tipo que criticaba la "cursilería" de los demás terminará, seis meses después, acurrucado en un sillón, hablando con voz de pito y pidiéndole a su "pichoncito" que le haga mimos en la nuca. Y lo peor: lo hará con cosas infinitamente más graves, inventando diminutivos que ni la Real Academia ni la ciencia médica podrían catalogar sin sentir vergüenza ajena.
Al final del día, la ridiculez es la única democracia real que nos queda. Los que hoy señalan con el dedo son los mismos que mañana pedirán clemencia bajo el código secreto de su propio reducto afectivo.
Así que la próxima vez que escuche a alguien criticar la cursilería ajena, no se enoje. Mírelo con piedad, sonría para adentros y DÉJELO HABLAR.
Piense: Ya le va a tocar a él/ella terminar siendo el/la 'gordito/a' de alguien.