jueves, 20 de agosto de 2026

El ultimo beso...

 ...o "el peso de las ultimas veces".

 

Nos pasamos la vida ignorando una verdad incómoda: la existencia está tejida de pequeñas y silenciosas "últimas veces". Hubo un día en que dejamos de jugar en la calle, un momento exacto en que abrazamos a alguien por última vez sin saberlo, o una tarde en que compartimos una risa que ya no volverá a repetirse. Vivimos con la arrogante certeza de que las personas y las rutinas estarán siempre ahí, hasta que el tiempo (implacable y sin avisar) nos demuestra lo contrario, dejándonos atrapados en el peso del arrepentimiento por lo que no dijimos, por la prisa con la que nos fuimos o por el abrazo que dimos por sentado.

Hay actos que repetimos por pura costumbre hasta que, de pronto, la conciencia de nuestra propia fragilidad los transforma en un altar.

Cada mañana, antes de cruzar la puerta de mi casa, me acerco adonde esté de mi pareja (generalmente durmiendo a esa hora) y le doy un beso. Me agacho un segundo, acaricio a mi gato y le dejo otro. Es un gesto de apenas unos segundos, pero en ese breve instante se concentra todo mi universo.

El mundo moderno nos enseña a vivir en el futuro, atrapados en la ilusión de que el mañana es una garantía y no un préstamo. Planeamos semanas, proyectamos años y damos por sentado que siempre habrá un regreso. Sin embargo, la vida me ha enseñado (en un golpe casi filosófico) que la existencia está llena de últimas veces invisibles: el último abrazo a un amigo, la última caminata bajo una lluvia de verano, la última conversación sin apuro. El problema no es que las cosas terminen, sino que casi nunca nos avisan cuándo está ocurriendo...

Por eso, ese beso dejó de ser una rutina para convertirse en un ritual. No lo doy desde el temor o la paranoia de lo que pueda pasar afuera, sino desde la gratitud profunda por lo que tengo adentro. Al rozar su piel con mis labios y al sentir el afecto sincero de mi compañero de cuatro patas, estoy firmando un pacto con el presente. Le estoy ganando de mano al olvido y a la prisa.

Salir a la calle es internarse en el azar. No sabemos qué nos depara el día, ni si el destino respetará nuestros planes. Pero me voy tranquilo: si el azar decidiera que hoy no hay regreso, sé que mi último acto no fue la prisa ni la indiferencia, sino el amor entregado de forma consciente. 

 

En ese beso cotidiano, sin saberlo, ya nos hemos dicho todo.

sábado, 15 de agosto de 2026

El Saco...

 (me lo contó el hijo de Celestino)

El sol soplaba fuego sobre los rieles de Ceres. Un calor denso, el ruido ensordecedor de chicharras enloquecidas y la tierra reseca convertían la estación en un horno a cielo abierto. La mole de hierro llegó resoplando como un monstruo agonizante, el tren al que todos llamaban El Tucumano: una vieja locomotora a vapor del Central Argentino que avanzaba desde el norte hacia Rosario. El aire olía a hollín, a grasa quemada y al tufo pesado del petróleo crudo que alimentaba sus entrañas. Tuvo que parar obligada a tragar litros y litros de agua frente a la manguera del tanque elevado para no reventar en el intento.

viernes, 14 de agosto de 2026

CUENTAS PENDIENTES...

 ...el miedo a irnos sin decirnos nada.

Algunos dicen que la vida es un suspiro, otros que es un viaje o que pasa volando. Están los que dicen que te pone a prueba, que te enseña, o que por algo pasan las cosas. Hay tantas frases respecto a lo que es la vida en sí... pero la vida es, en realidad, esa etapa que transcurre desde que nacemos hasta que morimos; nada más que eso. La vida ni pasa, ni nos prepara, ni nos hace esto o aquello. La vida es eso. Somos nosotros los que decidimos qué hacemos con ella, qué legado dejamos, cómo actuamos, lo que hacemos, lo que decimos y lo que dejamos de hacer.

domingo, 9 de agosto de 2026

El rastro de nuestros amores...

(o La huella imborrable del amor cotidiano...)

Tengo pelitos blancos en mi ropa y en mi calzado. Se pegan a mi saco negro de trabajo antes de salir a la calle, flotan en la casa y en mi pieza principalmente, y cubren, con una presencia perezosa diría, las plantillas de mis zapatillas favoritas. Quién no conozca la vida en común con un animal dirá que es descuido; quien entienda de amor sabrá que es la firma cotidiana de un pacto invisible.

sábado, 1 de agosto de 2026

Leyes de la frustración eléctrica


(Manual sociológico del sujeto que reniega por vocación)

Decía Jorge (mi sabio profesor de la materia) que, si a un hombre no le gusta renegar, bajo ninguna circunstancia debe dedicarse a la electricidad. Tenía razón. El electricista no trabaja únicamente con la ley de Ohm, los voltios o la corriente alterna; trabaja, fundamentalmente, contra una fuerza oscura y metabólica denominada Entropía Doméstica.

El cliente cree que el oficio consiste en conectar un cable con otro. Desconoce que la verdadera profesión es un ejercicio de templanza casi budista donde el oficial combate a diario contra leyes físicas que no figuran en ningún manual de la UTN.