A veces, la vida se siente como una cuerda tensada entre lo que recibimos y lo que intentamos dar. Caminamos cargando una mochila invisible llena de historias que no escribimos nosotros: las sombras de nuestros padres, los silencios de nuestra infancia y las batallas que libramos cuando apenas estábamos aprendiendo a ser adultos.
Existe una trampa silenciosa en la maternidad y en los vínculos profundos: la creencia de que debemos ser una fuente inagotable de luz, incluso cuando nosotros mismos crecimos en la penumbra.