jueves, 19 de marzo de 2026

Bellezas que nos dejan... mudos.

 

¿Qué nos pasa cuando nos hallamos frente a la belleza abrumadora de una persona, o ante lo que consideramos una belleza extrema?

Esa sensación es tan compleja que una sola palabra a veces se queda corta, pero dependiendo de qué cuerda toque en uno, existen distintas formas de definirla: desde el arrobamiento que nos deja suspendidos como frente a una obra de arte, hasta la conmoción física que acelera el pulso. Puede ser una epifanía, ese instante místico donde la luz parece estar en su lugar, o incluso ese stendhalismo que nos marea ante lo extraordinario.

A veces sucede que esa perfección no invita al acercamiento, sino que impone una distancia de vitrina. Es un impacto que se siente como entrar en uno de esos consultorios de especialistas caros, donde el aire acondicionado es perfecto y suena una música funcional que parece anestesiar el tiempo. Allí, sobre una mesa de diseño, hay revistas de hojas brillantes, de esas que huelen a tinta nueva y lujo, y al pasar las páginas uno se detiene en la publicidad de un auto de alta gama, un Porsche que brilla bajo una luz de estudio.

Esa belleza es exactamente eso: la notificación de un mundo al que sabemos que no vamos a acceder en nuestra xxxx vida.

Es una belleza que no se toca; se reconoce como se reconoce una jerarquía. Frente a ella, uno se vuelve repentinamente consciente de su propia realidad, de la edad que carga, del desgaste cotidiano y de los años que ya no son promesa. Es el choque entre la juventud como un territorio ajeno y el presente de uno, que tiene otros códigos, otras urgencias y otro peso.

Sentir esa conmoción no es un acto de esperanza, es un ejercicio de lucidez amarga. Es aceptar que existen realidades diseñadas para ser habitadas y otras, como la de uno, que existen para ser el ojo que observa desde afuera. Como quien mira el papel ilustración: podés apreciar cada línea, cada reflejo y cada detalle de esa armonía, pero sabés que tu lugar es el de quien simplemente pasa la página y sigue esperando que lo llamen por su nombre para volver a lo suyo.

 

Hay una belleza que no es un puente, sino una frontera. Nos recuerda que el mundo no es uno solo, sino una serie de círculos concéntricos donde algunos habitan el centro —el brillo, la lozanía, el privilegio de la estética— y otros habitamos la periferia. Esa distancia no es necesariamente triste, es una forma de honestidad existencial.

Al final, entender que al igual que ese "Porsche en papel ilustración" no es para nosotros, nos libera de la ansiedad de poseerlo. Nos permite observarlo con la frialdad de un perito o la pasión de un cronista, aceptando que nuestra ventaja no es hacer nuestra esa belleza, sino tener la lucidez necesaria para verla, entender su lenguaje y, aun así, seguir caminando con nuestros propios pasos…