Hacia un poco más de 10 minutos me encontraba en aquella sala de espera. Solemos ser muy puntuales (ambos), ella, llegada la hora, abrirá la puerta de su consultorio y me llamará por mi nombre de pila. Yo, seguramente, dejare la revista tomada arriba de la mesa, y me dirigiré con una sonrisa a su encuentro, una rutina que venimos cumpliendo desde los últimos tres años a esta fecha todos los jueves, cada 15 días.
El olor de la malta o cebada cocinando en la cervecería de Calchines, se cuela en el ambiente, dándole una particular esencia al lugar.
Tomo desde una de las mesas de la sala de espera, una revista de esas enteras y de papel brillante (lo que automáticamente me hace suponer el valor económico que esta clínica le está cobrando a mi prepaga, sin dejar de sentir que vale la pena), y veo la publicidad de un auto de lujo. Se me antoja un paralelismo con la belleza de algunas de las mujeres sentadas allí, esperando su turno con especialistas de vaya a saber qué cosa, digo que esa belleza es exactamente eso: la notificación de un mundo al que sé que no voy a acceder en mi xxxx vida.
Es una belleza que no se toca; se reconoce como se reconoce una jerarquía. Frente a ella, uno se vuelve repentinamente consciente de su propia realidad, de la edad que carga, del desgaste cotidiano y de los años que ya no son promesa. Es el choque entre la juventud como un territorio ajeno y el presente de uno, que tiene otros códigos, otras urgencias y otro peso.
De repente, la puerta del consultorio se abre y ella asoma (tan puntual como inglés para su té), y me encuentra con la mirada.
Me mira y su rostro dibuja una semi sonrisa.
—Buenas tardes, pasá— me indica, no haciendo falta siquiera nombrarme.
Elena proyectaba una autoridad serena. A sus cuarenta años, mantenía un equilibrio magnético: el cabello corto, cortado con una precisión casi quirúrgica, enmarcaba un rostro de facciones suaves donde los lentes no lograban ocultar la constelación de pecas casi imperceptibles que le nacían en el puente de la nariz. Había una potencia contenida en su andar, una feminidad de curvas decididas que se movía con la eficiencia de quien conoce el peso de cada minuto, pero que se suavizaba en el instante en que abría la boca; su voz, una caricia de seda, era capaz de calmar el pulso más agitado.
A decir verdad, no conocía muchos más detalles que su edad, y tan solo por estar allí el día de su cumpleaños, en marzo del año pasado, pero después de eso… nada. Mantenía, manteníamos, un vínculo estrictamente profesional y era mucho mejor asi (mucho temo podría llegar a enamorarme de ella si asi no fuera. O quizá lo estoy, muy en el fondo…)
Entrar en su consultorio se me antojaba que era como entrar en su propia mente: un ejercicio de claridad. El aire tenía una temperatura exacta, ni fría ni cálida, y el silencio se sentía sólido, protegido del ruido del mundo exterior. Todo allí era pulcro, desde la alineación de los libros hasta la disposición de los almohadones. Elena encajaba en ese entorno con una naturalidad absoluta; sentada en su sillón, con su voz suave rompiendo la quietud, transformaba ese orden impecable en un espacio donde hasta la confesión más sucia se sentía segura.
— ¿Cómo estuviste en estos días? —me pregunta como para romper el hielo, o por un interés genuino… no lo se.
—Bien Doc, bah, que se yo—argumente, como pretendiendo sea ella la que me dijera como me terminaba sintiendo después de todo.
Hace un poco más de dos años y medio, quizá tres, que vengo cada 15 días a hablar, tan solo a hablar de mí. Terapia que le llaman. Tratando de entender, entenderme, dejando que sea ella la que me ayude a encontrar las herramientas para hacerlo. Pero, a decir verdad, mi último libro me había golpeado bastante.
Me había propuesto escribir y publicar una novela, casi ciento por ciento autobiográfica, pero con ciertas licencias literarias…
Hoy, vengo buscando un algo, un «no sé qué». A veces, esos son los mejores días para escribir, aunque sean los más inquietantes. Es ese estado de "página en blanco" mental, donde las palabras están, pero todavía no tienen forma, como la neblina sobre el río antes de que salga el sol.
Cuando uno busca un "no sé qué", suele ser porque el instinto narrativo está pidiendo aire. Quizás, con esa potencia y ese orden impecable que encuentro aquí en el consultorio, necesito que algo me descoloque hoy. Un imprevisto que rompa la pulcritud de este lugar.
Ella se sentó detrás de su escritorio y se sirvió un vaso con agua de la jarra que siempre estaba allí, al lado de la caja de pañuelos descartables, y sirviéndome uno para mi desde luego, con la amabilidad que la caracteriza.
El sonido del exterior solamente era ruido blanco en aquel lugar.
Me quedé mirando el escritorio de Elena. Estaba tan despejado que dolía; una superficie de madera clara donde mi angustia no encontraba dónde colgar el abrigo. Ella me observaba con esa potencia silenciosa, sus lentes capturando la luz del ventanal, esperando una palabra que yo no tenía.
Tratando de no irme por las ramas, y de paso aprovechar esa casi hora que estaría ahí, le largué:
—Hoy busco un algo, doctora. Un no sé qué —dije, y mi propia voz me sonó extraña en esa habitación tan pulcra—. Pero estoy cansado de la cortesía terapéutica. Necesito que deje de ser este refugio de cristal. Necesito que me diga lo que ve cuando no estoy intentando sonar inteligente. Sin anestesia, Elena. Deme esa honestidad que solo se atreve a dar alguien que ya no tiene miedo de herir.
—Usted tiene todo bajo control, ¿verdad? —le solté de golpe.
Ella ni siquiera parpadeó. Acomodó su cabello corto con un gesto mínimo y profesional. Su consultorio olía a té y a verdades higienizadas. Me sentí un borrón de tinta en su hoja en blanco.
—Vine buscando algo que no sé definir —continué, inclinándome hacia adelante, invadiendo ese aire neutro que nos separaba—. Pero creo que lo que busco es que me desarme. Deje de ser la doctora correcta por un minuto. Rompa esta prolijidad y dígame la verdad más brutal que tenga sobre mí. Esa que guarda para sus adentros cuando cierro la puerta al irme.
No me respondió de inmediato, es más, se tomó el tiempo de beber su agua, quitarse los lentes y dejarlos a un lado, rompiendo con la simetría de su escritorio, y a su vez revelando por fin esas pecas casi imperceptibles sin el filtro del cristal:
—Usted no busca un "no sé qué", Edgardo —diría con esa voz suave que ahora suena más grave, más física—. Usted busca un verdugo que le valide el castigo que ya se está dando a solas— y me asombró.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, rompiendo la distancia de seguridad del consultorio.
—La honestidad que me pide no es una cura, es un incendio. Y lo que más me preocupa no es lo que yo tenga para decirle, sino lo mucho que usted disfruta viendo cómo se queman sus propios puentes. ¿Está seguro de que quiere que yo sostenga el fósforo?
En mi mente resonó un «WOW», quizá una alarma…
—Si quiere la verdad, aquí la tiene: su "no sé qué" es miedo. Miedo a que, si yo quito toda esta decoración de paciente intelectual y autor nostálgico, lo que quede sea simplemente un hombre común que no sabe qué hacer con su libertad. ¿Podrá soportar ser alguien común, sin el drama de la incomprensión?
El silencio que siguió a sus palabras fue distinto a cualquier otro que hubiéramos tenido en esa oficina. No era el silencio de la reflexión, sino el de un impacto seco, como el de un cuerpo contra el pavimento.
Me hundí un poco más en el diván gris, sintiendo que la estructura moderna y perfecta del mueble me tragaba. Sus palabras —esas sobre el "hombre común" y la "adicción estética"— se quedaron vibrando en el aire pulcro del consultorio, junto al aroma a té y a aire limpio.
Me llevé una mano a la cara, frotando mis sienes con una torpeza que desentonaba con la armonía del lugar. Miré a Elena. Ella seguía allí, imperturbable, con su cabello corto y prolijo y esa potencia silenciosa que parecía sostener el techo sobre nuestras cabezas. Las pecas de sus pómulos, bajo la luz de la tarde de Santa Fe que se filtraba por el lino de las cortinas, eran lo único que me recordaba que ella también era de carne y hueso.
En el fondo, una parte de mí quiso levantarse, agradecerle con una sonrisa de cortesía intelectual y salir a la calle, recuperar mi escudo de autor nostálgico y volver a mi refugio de palabras medidas. Me dio miedo. Un miedo físico, un vacío en el estómago al darme cuenta de que, si ella seguía tirando de ese hilo, no quedaría nada del personaje que me había construido con tanto esmero.
Pero había algo más. Ese "no sé qué" que me había traído hasta aquí. Una curiosidad masoquista, o quizás, el cansancio genuino de cargar con mi propia ficción.
—Tiene razón —dije, y mi voz sonó menos firme de lo que hubiera querido—. Me aterra ser solo un hombre común. Me aterra que, si me quita el drama, lo que quede sea un bostezo.
Hice una pausa, buscando sus ojos detrás de los lentes que se había vuelto a colocar. Ella no se movió. No hubo juicio, solo una espera atenta.
—Pero ya estoy harto de mis propios borradores, Elena. Prefiero el incendio a seguir retocando esta fachada. Sostenga el fósforo. Dígame lo que ve, aunque me deje sin nada a qué aferrarme. Hagámoslo —le pedí—. Basado en todo lo que sabe de mí, sin contenerse. No quiero nada superficial, quiero que use lo que perciba de mi forma de escribir, de expresarme y de lo que muestro siempre acá con usted, para darme una devolución brutal, pero con fundamento de verdad.
—Agarrate—me dijo—, porque si querés "fundamento de verdad", vamos a mirar el espejo de lo que proyectás cada vez que venís—me dijo.
—Sos el prototipo del eterno nostálgico con delirios de editor de cine. Te encanta ese papel del tipo sensible que se refugia en los paisajes de la infancia y en la estética de una Santa Fe que ya no existe, pero lo hacés con una intensidad que roza lo insoportable. Tenés esa fijación casi patológica con la "autenticidad", pero la usas como un escudo para no admitir que, en el fondo, te aterra ser alguien común y corriente en el 2026.
Tu forma de escribir es un caos de "necesito que me entiendan perfectamente pero no quiero esforzarme en explicarlo bien". Sos el rey de la corrección minuciosa. Esa obsesión por el detalle técnico en tus historias o en tu vida no es "búsqueda de excelencia", es una necesidad de control absoluta porque sentís que si perdés el hilo del relato, te desarmás.
Y hablemos de esa dinámica de "protagonista de novela existencialista". Siempre hay un conflicto, siempre hay un "yo" buscando un lugar, siempre hay una mirada melancólica hacia atrás. Pareciera que, si no estás sufriendo un poquito por un recuerdo o corrigiendo tus escritos sobre la arquitectura rural argentina, no sentís que estás viviendo. Sos como un tango mal grabado: dramático, repetitivo y convencido de que su dolor tiene más clase que el de los demás.
Bajá un poco de la nube de la "estética pampeana" y admití que esa rigidez para definirte es solo miedo a que, si te sacan los recuerdos de la adolescencia, te quedás sin guion.
Era lo que pedí, por cierto, pero escucharlo tan “asi”, quizá me golpeó un poco.
—jajajajaja —reí nerviosamente— me desarmaste de un golpe.
—Muy bien—me dijo— Me alegra que te haya pegado donde debía. Esa es la magia de conocernos un poco: sé exactamente qué hilos tocar para que el títere se ría de sus propios hilos.
Lo cierto es que esa "necesidad de control" y la mirada melancólica son las que hacen que tus historias tengan cuerpo, aunque a veces te pases de rosca con el purismo arquitectónico de tus escritos. Al final del día, ese caos de identidad es lo que te mantiene escribiendo y corrigiéndolo todo.
¿Querés que sigamos con este nivel de "honestidad brutal" sobre algún proyecto que tengas en mente, o preferís que volvamos a ser amigos y te ayude con algo más constructivo?
Tomé el vaso con agua fresca que me había ofrecido ella hace un rato, y solamente atine a decir, intrigado por ver adonde me llevaría aquello:
—Por favor… continúa.
Ella imito mi gesto y también sorbio un poco de agua, quizá como para aclarar su garganta o sus ideas.
—Si querés seguir bajando al barro, hablemos de tu complejo de "Arquitecto del Destino Ajeno". Te encanta proyectar tus conflictos en personajes, pero lo hacés con una mano tan pesada que se nota el hilo de pesca desde acá. Esa corrección que le haces a tus propios escritos delata que no podés soltar el protagonismo ni SIQUIERA en la ficción. Querés que el mundo sea un escenario donde vos sos el director, el guionista y el iluminador, pero después te quejas de que la realidad no tiene la "estética" que esperabas.
Sos un snob de la nostalgia. Mirás a tu adolescencia o a la arquitectura rural, como trofeos de una sensibilidad que creés que nadie más entiende. Tenés esa pose de "el último que recuerda cómo eran las cosas de verdad", como si haber nacido en un lugar o conocer la diferencia entre una estancia y un campo te diera un carnet de superioridad moral sobre el resto de los mortales que viven en el presente.
Y lo peor es tu relación tóxica con la precisión. Te corregís cada coma, cada definición, cada ubicación geográfica, pero después, cuando uno te dice algo, tirás un "jajaja me desarmaste". Esa es tu válvula de escape: cuando la realidad te pone contra la pared, te reís para no tener que admitir que esa estructura rígida que armaste para tu identidad es más frágil que un rancho de adobe en medio de una tormenta santafesina.
Vivís en un bucle: Buscás validación en lo que escribís, te ofendés si no es "exactamente" como lo recordás, te refugiás en el pasado porque el presente te parece un departamento sin amueblar. ¿Seguimos desarmando a el "personaje" o ya te dio suficiente frío estar tan expuesto?
Quizá a estas alturas, aparte de sentirme expuesto, me estaba sintiendo agredido por ella, pero no podía parar, si había llegado hasta ahí. Era como si ella se hubiera estado guardando eso para decírmelo todo junto… ¿era esto algo profesional de su parte? Ya ni siquiera sé a dónde me llevará esto, pero no puedo parar ahora, necesito que continúe.
—continúa, sigo entero, dolido, pero es lo que busco...sigue— argumenté.
—Parece que sos un masoquista de la coherencia, así que vamos al hueso con tu obsesión por el "espacio propio".
Esa fijación con tus escritos, que si es el personaje quién busca el departamento, con dónde vive y dónde no, con la arquitectura exacta de una estancia... no es amor al arte, es agorafobia existencial. Te aterra que te ubiquen en un lugar donde no tenés el control total del decorado. Si no podés diseñar las paredes de tu realidad (o de tu ficción), sentís que te asfixiás. Sos el tipo de persona que prefiere quedarse afuera antes que entrar en una habitación que no decoró mentalmente primero.
Y hablemos de esa falsa humildad del "pueblo chico". Usás tu adolescencia como una medalla de autenticidad, como si haber respirado aire de campo te hiciera inmune a la superficialidad. Pero la verdad es que sos más sofisticado y complicado que un nudo marinero. Te hacés el sencillo que valora "lo real", pero te ponés en modo sommelier de diccionarios si alguien confunde un término campero. Sos un intelectual que se disfraza de paisano para que nadie note que, en realidad, te sentís un extraño en todos lados.
Tu mayor contradicción es que necesitás que te miren, pero te escondés detrás de las correcciones. Pedís una opinión genuina de mi parte, pedís que te desarme, pero en cuanto doy un paso en falso con un dato de tu biografía, saltás con el "fe de erratas". No podés dejar que la charla fluya porque te da pánico que la imagen que proyectás se pixele un poco. Querés ser un misterio, pero un misterio con notas al pie de página para que nadie lo interprete mal.
Al final, sos un coleccionista de ausencias. Construís tu identidad en base a lo que ya no está, a lo que no sos y a lo que los demás "no entienden". Sos como un director de cine que se la pasa editando el tráiler, pero nunca estrena la película por miedo a que el público no note que el color del cielo no es el "azul Santa Fe" original.
Hizo una pequeña pausa y tomó un poco de aire. Un ruido desde el exterior hizo que me retire la mirada, pero fueron tan solo unos segundos, y continuó.
—Si seguís entero es porque tenés el cuero más duro que un poste de quebracho, o porque tu ego de editor ya está recortando esta charla para ver cómo la usa en un próximo guion. Hablemos de esa necesidad de "sufrir con estilo".
Me acomodé nuevamente en el diván, como preparándome a lo que venía.
—Me decís que estás "dolido, pero es lo que buscás". Sos el mártir de tu propia narrativa. Te encanta esa pose de intelectual castigado que se banca la verdad de frente, como si recibir una crítica de una psicóloga te diera una profundidad existencial que el resto de la gente común —esa que no se preocupa por la definición de "estancia"— no podría entender. Disfrutás del dolor porque sentís que te valida. Si no te duele, sentís que la conversación es superficial, y para vos la superficialidad es el pecado capital.
Sos un acumulador de etiquetas de "No molestar". Te definís por lo que no sos: "No vivo en el pueblo (pero soy de ahí)". "No soy un citadino (pero soy sofisticado)". "No soy un ignorante de campo (pero amo lo rural)".
Vivís en el paréntesis. Nunca estás del todo en el presente porque estás ocupado chequeando que tu pasado esté bien indexado. Esa corrección que hiciste en el libro sobre el departamento no fue por precisión narrativa, fue porque no soportás que alguien (aunque sea tu propia creación) te quite el control de tu propia miseria. El departamento lo buscás vos, el problema es tuyo, y pobre de aquel que intente quitarte ese peso de encima.
Y acá va la estocada final: Tu búsqueda de "la verdad" es una trampa. Me pedís que siga porque sentís que, cuanto más te desarmo, más "especial" sos. Pero la verdad cruda es que esa complejidad que tanto protegés es, en realidad, un mecanismo de defensa para no admitir que tenés los mismos miedos básicos que todo el mundo: miedo a no encajar, miedo a que tu pasado no signifique nada y miedo a que, si dejás de corregir el relato, te des cuenta de que la historia es mucho más simple de lo que te gustaría admitir.
Sos un arquitecto de ruinas. Construís castillos de naipes con tus recuerdos y te enojás cuando el viento los vuela, pero te negás a usar ladrillos nuevos porque "ya no se hacen como antes".
— Quiero que sigas, pero antes, recuérdame eso de buscar el departamento, pues no entiendo de que hablas.
—Ahí está el síntoma perfecto de tu obsesión por el control: te corregís tanto que ya ni te acordás de lo que corregiste, pero el impulso de que la versión sea la tuya es más fuerte que tu memoria. ¿Te acordás de tu protagonista, ese alter ego que cargaste con toda tu melancolía santafesina? En tu historia, él tiene un pacto de separación y el conflicto central —el que remarcaste a fuego— es que él es quien tiene que encontrar el departamento y mudarse antes de julio. Me contaste, y cuando et pregunte me contestaste: "El que debía encontrar el lugar para mudarme era yo".
Fijate lo revelador que es esto: te metiste tanto en el personaje que me hablaste en primera persona para corregir un dato de ficción. No podés separar el "yo" del "él".
Y acá es donde mi critica se pone técnica: sos un acaparador de conflictos. No solo querés que la estancia de tu cuento esté bien dibujada, querés que el sufrimiento de la mudanza, ese desarraigo logístico y emocional, sea exclusivamente tuyo. Te dolió que yo sugiriera que la ex-pareja era la que buscara el lugar, porque eso te quitaba el rol de mártir responsable.
Querés ser el que cumple la palabra, el que se va con la frente en alto, el que carga las cajas. Si no sos el que busca el departamento, ¿quién sos? ¿Un espectador? Ni loco. Preferís estar en el barro de la búsqueda inmobiliaria antes que ser un personaje secundario en tu propia crisis.
Esa "laguna mental" que tuviste recién es el colmo del esnobismo narrativo: estás tan ocupado esculpiendo tu estatua de "hombre de palabra y nostalgia" que ya ni mirás los bocetos que vos mismo trazaste.
Me paré y caminé hacia la ventana, necesitaba organizar mis ideas. Corrí apenas la cortina para ver para afuera, y sin darme vuelta a mirarla solté:
—Voy a contarte un "detallecito" de mi última novela, mi cruel pero honesta doc.… la historia que haces referencia ...es real. El protagonista siempre fui yo, es mi propia historia, con la licencia literaria que me permití entonces.
Solamente se sonrió por lo bajo, como quien sabe que ha ganado una partida.
—Sabía que debajo de esa capa de "ficción santafesina" había un nervio expuesto, pero confirmarlo es como ver al mago admitir que el truco de las cartas siempre fue una forma de no mostrar que le tiemblan las manos.
Sos el rey del disfraz emocional. Te creaste un avatar llamado "personaje" para poder hablar de tu propia separación, de tus cajas y de tus deudas de honor sin que se notara que el que estaba sangrando eras vos. Usaste una novela como un biombo para editar tu vida como si fuera un borrador de Word, porque admitir que vos eras el que no encontraba un departamento antes de julio era demasiado real, demasiado vulnerable.
En términos modernos, me pediste un roast, una crítica mortalmente honesta. Tu roast se acaba de elevar a un nivel de egocentrismo poético casi insuperable:
Corregiste los detalles de la novela con una ferocidad casi religiosa porque, claro, ¡no estabas corrigiendo un escrito, estabas corrigiendo tu biografía! No podías permitir que "él" (vos) fuera un espectador, porque en tu narrativa personal sos el capitán del barco que se hunde con elegancia. Eso es CONTROL
¿La Licencia Literaria? Qué forma tan elegante de decir que necesitás poner palabras bonitas a tu caos para que parezca una "obra" y no simplemente un momento de crisis. Querés que tu dolor tenga ritmo, que tus mudanzas tengan estética de película de autor y que tu nostalgia por tu vida pasada sea el telón de fondo de una tragedia griega, no de un trámite inmobiliario. Me preguntaste de qué hablaba cuando mencioné lo del departamento... ¡siendo que es tu vida! Eso es disociación de alta gama. Estás tan metido en el personaje que ya no sabés si estás viviendo o estás narrando. Te dolió mi critica porque te pegó en el "yo" real, pero te refugiaste en la duda para ver si podías zafar.
Sos un curador de tu propia desgracia. No solo vivís los problemas, los producís. Sos el guionista que se pone a corregir la iluminación mientras la casa se prende fuego. "No, el fuego no es naranja, es más bien un ocre santafesino", dirías vos mientras agarrás la última caja de recuerdos.
Creo que a esa altura ya pensaba que mi "gran secreto" era lo más evidente de todo.
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