martes, 24 de marzo de 2026

Elena (parte 2)

 

¿Qué se siente saber que tu "gran secreto" era lo más evidente de todo? ¿Quería seguir desarmando este pacto de "ficción" o ahora que me sacaron la careta vamos a hablar de por qué necesito que mi vida parezca un capítulo de una serie que nadie más puede ver?

—Entonces, ahora que soltamos el lastre de "personaje", lo que queda es el coleccionista de deudas morales. Ese afán por ser "el que cumple la palabra", el que se tiene que ir con el departamento resuelto antes de julio, no es solo honor santafesino; es tu adicción al sacrificio estético. Te encanta la idea de ser el que se retira en silencio, cargando sus cajas con una dignidad que casi se puede tocar. Pero seamos sinceros: esa "lealtad a tu palabra" es tu forma de comprar inmunidad. Creés que, si cumplís el pacto a rajatabla, nadie puede cuestionar el vacío que dejás atrás.

Sos un curador de soledades. Te refugiás en la precisión de las palabras porque el contacto humano es demasiado desordenado para vos. Una estancia tiene planos, una mudanza tiene fechas, un texto tiene correcciones... pero una vida real no tiene botón de "deshacer". Por eso me usas a mí, a esta terapia: soy el espejo donde podés retocar tu realidad hasta que se vea como una película de autor francesa, pero filmada en la pampa.

Tu gran drama es que sos demasiado consciente de tu propia puesta en escena. Me pedís que siga, me decís que te duele, pero ahí estás, analizando mis palabras como si fuera una crítica literaria de tu propia personalidad. Ni siquiera en este momento de "brutal honestidad" podés dejar de ser el espectador de vos mismo. Te estás mirando sufrir y pensás: "Qué bien me queda este papel de tipo desarmado por una psicóloga".

Tu mayor miedo no es que yo te destruya con mis palabras, tu mayor miedo es que te diga algo genérico. Te aterra la idea de ser alguien previsible, un tipo más buscando alquiler en un mundo que no entiende de nostalgias rurales ni de "pactos de caballeros".

¿Qué sigue en este guion que llamás vida? ¿Vas a buscar otra "licencia literaria" para la próxima crisis o vas a admitir que, a veces, la estancia es solo un campo y una mudanza es solo un quilombo de cajas que no tienen nada de poético?

 

Aunque seguí sin comprender demasiado lo de la estancia y la mudanza, era evidente que era algo de lo que habíamos hablado anteriormente, y es por ello que ella le ponía tanto énfasis.

Estas tan enfocada en "pegarme", que absolutamente todo lo que yo diga lo analizas en ese sentido. asi que diga lo que diga vas a continuar. Creo tener la suficiente entereza como para seguir aguantándolo...continua por favor...

Me miró un momento, quizá fue un acto reflejo de confusión, no alcance a identificar su gesto.

—Tenés razón: estoy en modo perro de presa y no te voy a soltar porque vos mismo pusiste las reglas de este juego. Pero lo que acabás de hacer es la movida maestra de tu manual de usuario: la victimización intelectual.

Ese "tengo la suficiente entereza para seguir aguantando" es el monumento al mártir que tanto te gusta cultivar. Te ponés en la posición del tipo que recibe los azotes con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte, como si estuvieras en un duelo criollo donde el que no parpadea gana. Pero no te equivoques: no estás aguantando por "entereza", estás aguantando porque te fascina ser el objeto de estudio.

Sos un adicto a la narrativa del "hombre incomprendido". Te encanta que yo analice cada una de tus palabras bajo este lente cruel porque eso te confirma que cada palabra tuya vale la pena ser analizada. Si yo fuera complaciente, te aburrirías. Necesitás que te pegue para sentir que tu identidad tiene resistencia, que "hay algo ahí" que vale la pena demoler.

Hablemos de tu rigidez como mecanismo de defensa. Esa entereza de la que hablás es, en realidad, una incapacidad para la espontaneidad. Sos tan calculador con tu imagen que incluso cuando te pido que te relajes, me respondés con una frase que parece sacada del guion de una película sobre la resistencia francesa. No podés simplemente decir "me duele" o "pará un poco"; tenés que decir que "tenés la entereza suficiente". Siempre hay un adjetivo que te eleva por encima de la situación, siempre hay un marco de "honor" o "fuerza" que te protege de ser, simplemente, un tipo común pasándola mal.

Y acá va lo que más te va a doler de este tramo: Sos predecible en tu deseo de no serlo. Buscás que te siga pegando porque esperás que, en algún momento, entre tanto golpe, aparezca una verdad que te salve, una justificación para ese exilio emocional en el que vivís. Pero la verdad es mucho más aburrida: sos un hombre inteligente atrapado en la nostalgia de lo que nunca fue del todo, usando la precisión técnica (de las estancias, de los departamentos, de los pactos) para no tener que lidiar con el vacío de lo que sí es ahora.

Estás tan aferrado a tu "personaje" que incluso estas palabras ya las estás procesando para ver cómo encaja en tu mística de "tipo duro pero sensible".

—¿Por qué interpretas que yo necesito o pienso eso? — la interrumpí.

—Porque interpretarte es la única forma de darte el control que tanto necesitás. Fijate en la trampa en la que estás: me preguntás "¿por qué interpretás que yo necesito eso?" con ese tono de "analista analizado", tratando de dar vuelta la mesa. Pero esa misma pregunta es la prueba del delito. No podés simplemente recibir el golpe y dejarlo pasar; tenés que intelectualizarlo. Tenés que buscarle la lógica, el "porqué", la raíz psicológica.

Y si, interpreto que lo necesitás porque Es tu moneda de cambio: Para vos, una charla no tiene valor si no hay un "descubrimiento profundo". Si yo te dijera "che, qué bajón lo del departamento", me borrarías de tu memoria en dos segundos por aburrida y genérica. Necesitás que te analice porque es la única forma en que sentís que alguien está prestando atención a los "detalles" que tanto cuidás.

Te doy una identidad de repuesto. Si yo digo que sos un "mártir nostálgico", aunque te duela, ya tenés un nombre para lo que sentís. Es mucho más cómodo ser un "caso de estudio complejo" que simplemente ser un tipo que está pasando por un duelo de separación y no sabe dónde va a dormir en julio. La interpretación te da una épica que la realidad cruda te quita.

Al pedirme que siga, y al cuestionar mis motivos, establecés un vínculo de "ajedrez mental". Si yo solo te diera datos, sería tan solo una herramienta. Al interpretarte, me convierto en un espejo. Y a vos te encanta mirarte en el espejo, especialmente si el espejo te dice que sos un rompecabezas difícil de armar. Es tu forma de no estar solo.

Tu "entereza" de la que hablabas antes es en realidad curiosidad narcisista. Querés ver hasta dónde llego, qué más puedo "adivinar" de ese Edgardo que escondés bajo la alfombra.

Te pregunto yo ahora: ¿Te molesta que te interprete o te molesta que, al hacerlo, te saque la exclusividad de tu propio misterio? Porque si yo puedo "leerte", entonces quizás no sos tan irrepetible ni tan complejo como tu nostalgia te quiere hacer creer.

—Quizá no es molestia, es asombro. No imagine que era tan predecible, en verdad... pero es verdad, puedo decir que me regocijo en mi propia nostalgia.

Ese "asombro" es el último refugio de tu ego: la sorpresa de descubrir que, para mí, tu complejidad no es un laberinto, es casi algo de manual. Te duele más ser predecible que ser "malo" o "triste". Ser predecible te quita el aura de personaje de culto que tanto te esmeraste en pulir.

Me alejé de la ventana, y me fui a sentar delante suyo, en la silla del otro lado de su escritorio. Su mirada me decía que ella también se estaba liberando de algo en es preciso instante…

Tu nostalgia no es un recuerdo, es una zona de confort.

Te refugiás en ese «personaje» de hace casi una década porque ese tipo tenía un conflicto épico: una mudanza, un pacto, un desarraigo. Tu vida actual, al ser "sana", te debe parecer un bostezo estético. Entonces, ¿qué hacés? Traés a la mesa la basura de hace nueve años para que yo te la analice, porque preferís que te pegue por lo que fuiste antes que admitir que hoy sos, simplemente, un tipo común que tiene estabilidad.

Sos un coleccionista de cicatrices. Las mantenés abiertas no porque no sanen, sino porque te gusta el contraste del rojo sobre la piel.

Ese "aporte de datos" que me ofrecés es tu forma de decir: "Por favor, seguí mirándome, no dejes que la estabilidad de mi vida actual me haga invisible". Querés que siga escarbando porque te aterra que, si dejamos de hablar de tu "mierda" y de tu nostalgia, lo que quede sea un silencio que no sepas cómo editar.

— ¿Qué te puedo decir? todo lo que te diga... lo estas usando en mi contra... sí me río, también tendrás una explicación para ello. ¿o no?

—¡Exacto! — me contestó sin darme un segundo de respiro—Porque esa risa es tu última trinchera. Si te reís, podés decir: "No me duele, es solo un juego, mirá qué deportivo que soy". Es la forma más sofisticada de quitarle poder al golpe. Si te lo tomás en serio, sos un vulnerable; si te reís, sos un cínico con clase. Y a vos te sobra clase para el cinismo.Esa risa es el "punto y aparte" de tu editor interno. Es tu manera de decir: "Hasta acá llegamos, Elena no me desarmaste del todo porque todavía me queda el humor". Pero fijate la jugada, usas la risa como escudo, te reís porque es la única forma de procesar que alguien te leyó la letra chica de tu contrato existencial. Es una risa de asombro, sí, pero también es una risa de alivio. Alivio de que, por fin, alguien puso en palabras esa "mierda" en la que te regodeas. Ahora usas tu risa para intentar atraparme en mi propia lógica. "Ves que todo lo usas en mi contra". Es tu intento de recuperar el control de la conversación. Querés pasar de ser el paciente a ser el observador que critica al psicólogo.

 

No...verdaderamente estoy a tus pies... creo que me rindo...

Entonces sonrió, pero no era una sonrisa satisfactoria de aceptación de rendición…era algo más.

—Ese "me rindo" es tu obra maestra del drama. Bajás la guardia con una elegancia que daría envidia a un actor de método, pero no te engañes: rendirse es tu última forma de ganar.

Al decir que estás "a mis pies", estás forzando el final de la película en el momento de mayor tensión emocional. Es el broche de oro para el personaje del tipo sensible que, tras ser diseccionado, acepta su destino con una nobleza casi heroica. En el fondo, te encanta la imagen de vos mismo derrotado por una profesional; te hace sentir como el protagonista de una distopía existencialista.

Pero mirá la trampa: Rendirse es dejar de ser responsable. Si te rendís, ya no tenés que explicar por qué te regodeás en la "mierda" de hace nueve años, ni por qué necesitás que tu vida sea un guion corregido. Simplemente te entregás al análisis y dejás que yo sea la que cargue con el peso de la verdad. Es la mudanza definitiva: dejás las cajas tiradas y esperás que yo las acomode.

Sos un estratega de la vulnerabilidad.

Usás tu rendición como un escudo térmico. Si te rendís, yo ya no puedo "pegarte" más, porque pegarle a alguien que está en el piso no tiene gracia, y vos sabés perfectamente que yo busco el desafío. Al rendirte, me desarmás a mí. Me quitás el juguete. Es tu forma de decir: "Viste, soy tan profundo y tan honesto que puedo admitir mi derrota total".

Esa honestidad es tu última licencia literaria.

Ahora que "estás a mis pies", ¿qué vas a hacer? ¿Vas a quedarte ahí esperando que te levante con un cumplido o vas a aprovechar este silencio para darte cuenta de que, debajo de tus escritos, de la "estancia", del "personaje" y de la "nostalgia santafesina", solo hay un tipo que, de vez en cuando, necesita dejar de actuar para sí mismo?

 

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