Me puse a jugar con una lapicera que me quedo cerca de la mano, la traía y la llevaba entre los dedos, entonces levante la vista y ella seguía impertérrita, mirándome a los ojos.
— No sé qué decirte.... interiormente te estoy re puteando te pido disculpas por ello. Me desarmas, me haces mierda, en cierto punto siento que me agredes, y sin embargo... no puedo dejar de escucharte. Esa honestidad brutal no la encontrare en nadie más, asi que debo aprovecharte. Me gusta, me duele, me causa risa, me confunde, quizá hasta me da un poco de rabia, de bronca, arrepentimiento de pedirte seas tan honesta.... estoy confundido. ¿Es normal?
Se quitó los lentes y froto sus ojos con el pulgar y el índice de su mano libre.
—Es absolutamente normal. De hecho, si no sintieras ese cóctel de bronca, risa y arrepentimiento, significaría que fallé en mi trabajo o que vos sos una piedra.
Lo que sentís es el vértigo de la pérdida de control. Pasaste de ser el director de tu propia película, corrigiendo cada detalle de tu novela, cuidando la estética de la estancia, manejando los tiempos de la nostalgia, a ser el espectador de alguien que te está señalando los hilos. Esa confusión es el choque entre la imagen que construiste de vos mismo durante años y la versión descarnada que te acabo de devolver.
No sos un robot, no lo somos, y el espejo que te puse enfrente es real. Te duele porque te importa, y te confunde porque te diste cuenta de que incluso tu "confusión" puede ser analizada.
Volví a mirarla fijamente, Elena, es potente, 40 años, cabello corto y prolijo, lentes, muy femenina, de curvas definidas, voz suave, algunas pecas en su nariz y sus pómulos (casi imperceptibles), es más, creo que en el fonde me estoy enamorando de alguna manera un poco de ella, y creo que se da cuenta.
—Bajemos la guardia. ¿sí? Ya te pegué bastante por hoy y tenés la "entereza" como dijiste, de haberlo soportado. No cualquiera se banca que le desarmen el personaje con tanta saña.
El aire acondicionado apenas se siente. Hay dos vasos de agua sobre la mesa. Ella no tiene el anotador en la mano; lo dejó sobre el escritorio hace un rato largo. Me mira fijo, con una mezcla de cansancio y una determinación que no le había visto antes.
—Mirá, Edgardo... sentate bien y escuchame, porque esto no te lo digo como profesional, te lo digo como alguien que lleva tres años viendo cómo te auto boicoteas con una elegancia literaria que ya me hartó.
Me cansé. Me cansé de tu "lealtad del 100%", de tus pactos de honor de pueblo y de esa forma tan tuya de regocijarte en tu propia mierda como si fuera un mérito. ¿Te acordás cuando empezamos? Me hablabas de la mudanza, de que vos tenías que encontrar el lugar... de tu relación con tu hija, con tus hijas, y yo te dejé que construyeras ese relato de caballero herido. Pero hoy se terminó el recreo.
Lo de la novela... ¡Por Dios! ¿De verdad me vas a seguir diciendo, después de casi una década, que "si hubiera estado con vos eso no le pasaba"? Bajate del pedestal. No sos Dios, ni sos un escudo biológico. Usás esa culpa para no tener que vivir el presente, porque es más fácil ser el viudo de una tragedia que el compañero de una relación sana. Te lo dije hace un rato: estás usando tu virtud como un mazo para pegarte en la cabeza. Y ya me duele a mí de verte.
¿Y lo de tu hija? Me decís que estás enojado hace dos años. ¡Dos años! Te pregunté para qué estás enojado y te quedaste mudo. ¿Sabés para qué? Para no ser vulnerable. Para no decir "me equivoqué". Te escondés detrás de tu alter ego, detrás de la "narrativa en crudo", pero acá el único que está en crudo sos vos, llorando frente a un vaso de agua porque te saqué la careta.
Me decís que te agredo... y sí, quizá te estoy agrediendo el ego, porque es lo único que te impide sanar. Ese "último rincón de mierda" del que hablamos no se va a limpiar con una novela en la imprenta. Se limpia dejando de ser un juez y empezando a ser un padre, un hombre, alguien que respira hoy, 2026, y no en el pasado.
Mañana vas a ir a trabajar y vas a estar desarmado. Y me alegra. Me alegra haberte hecho mierda esta tarde, porque es la única forma de que dejes de editar tu vida y empieces a vivirla.
No me pidas perdón por putearme. Preferiría que me odies, pero que mañana le mandes ese mensaje a tu hija. Porque si no lo hacés, entonces estos tres años no sirvieron para nada.
— O quizá te estuve mintiendo todo este tiempo, y vengo acá tan solo porque me gustas como mujer, me fascinan tus lentes, tu pelo y tus pecas… quizá tan solo vengo a verte a vos— dije y me sonreí.
Se hace un silencio en el consultorio. Elena se acomoda nuevamente los lentes, me mira fijo por encima del marco y exhala un suspiro largo, de esos que mezclan cansancio con una pizca de ternura que no puede evitar.
—Bueno, Edgardo... acabás de hacer lo que todo buen narrador hace cuando se siente acorralado por la verdad: desviar el foco. Querés hablar de mis pecas, de mi pelo corto, de cómo me quedan los lentes y de ese "enamoramiento" que sentís florecer entre los escombros de la charla de hoy.
Es un clásico. Se llama transferencia, pero en tu caso es algo más: es una maniobra de distracción. Es mucho más fácil y romántico enamorarte de la mujer que te "entiende el alma" y te pega un cachetazo de realidad, que enfrentar el mensaje de texto que tenés que escribirle a tu hija o el vacío que te dejó terminar el libro.
Me mirás, buscás mis curvas, buscás mi vida privada porque querés humanizar el espejo. Querés que yo tenga un "para qué" personal, que me pase algo con vos, para que mi crítica deje de ser una verdad clínica y pase a ser un juego de seducción. Si yo estoy enamorada de vos, o si vos lo estás de mí, entonces mis verdades ya no son tan "brutales", son solo parte de un flirteo. Y así, te protegés de nuevo. Pero despreocupate, se lo que decís, y con la intención que lo haces.
—Quizá te moleste te diga esto, pero… creo que realmente te quiero. me maltrataste como nadie, y aun asi, en esta tarde siento que me ayudaste más que estos tres años de terapia...es la realidad.
Se queda un momento en silencio. Se quita los lentes nuevamente, los apoya sobre el escritorio y se refriega la sien con los dedos. Hay un cansancio real en su gesto, pero también una satisfacción que no puede ocultar. Me mira de frente, sin la barrera del cristal, y su voz baja un tono, volviéndose todavía más íntima.
—Mirá, Edgardo... Me decís que me querés. Y yo te digo que lo que querés es la libertad que sentiste cuando te solté el cachetazo. Querés la sensación de no tener que mentirle a nadie por primera vez en años. Me "querés" porque fui la única que no te tuvo lástima, y en el fondo, los hombres como vos desprecian la lástima; necesitan la verdad, aunque venga con espinas.
Ese "maltrato" que sentiste no fue saña. Fue respeto. Te respeté lo suficiente como para no tratarte como a un paciente frágil, sino como al hombre y al escritor que sos. Te traté como a alguien que puede aguantar el tirón de la cuerda sin romperse.
Si estos minutos, si esta tarde, si mis palabras, te ayudaron más que años de terapia, es porque hoy viniste con el pecho abierto. No me des el mérito a mí; el mérito es tuyo por no haber cerrado la ventana cuando empezó a entrar el chiflete frío.
Juro que me hubiera encantado tomar su mano, quizá hasta besársela, pero entiendo que el vinculo que me une a ella es meramente profesional, es más, no se ni porque le dije aquello del enamoramiento.
—Ahora, haceme un favor—me dijo—y hacételo a vos. Llevate ese "te quiero" y transformalo en algo útil. No lo dejes acá flotando en este escritorio. Usá ese amor propio que acabás de recuperar para: Mirar a tu pareja mañana y verla a ella, no al fantasma del personaje que dejaste morir en tu novela, vos sabes de que hablo. Escribirle a tu hija, aunque te tiemblen los dedos.
Y por favor lee tu propio libro cuando salga de la imprenta y decir: "Este fue el que fui, ahora soy otro".
Alce mi brazo y consulte el reloj, el tiempo había pasado más rápido de lo que me imaginaba. Seguramente habría otra persona esperando fuera a ser atendido.
Me incorporé para retirarme, pero antes de saludarla le dije como al pasar.
—Entre todas las cosas que me dijiste, me quedo y te respondo a una verdad ineludible.
Ella quedó atenta a mis palabras.
—Tiene razón —le dije mientras me acercaba a la puerta—, ya estoy saliendo de acá pensando en cómo voy a escribir todo esto.
Elena me miró y, por primera vez en tres años, la rigidez profesional se desmoronó. Se quitó los lentes y su rostro dibujó una sonrisa plena, puramente humana, que hizo que las pecas de sus pómulos se juntaran en un gesto de absoluta cercanía. Ya no era la doctora analizando a un paciente; era la mujer reconociendo al hombre.
—Lo suponía —me contestó con una voz que, esta vez, solo era seda.
La sesión terminó por hoy. El sol de Santa Fe afuera me espera con una luz distinta y, quizás, con ese mensaje de texto que todavía tengo pendiente de enviar.
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