Esta mañana en mi trabajo, se desató un pequeño pero apasionado debate entre compañeros, todo a raíz del viaje a DUBAI de alguien conocido. Alguien, con la mejor intención, comentó: "Le tengo una sana envidia". Y justo ahí, la discusión arrancó.
Mi posición fue, y sigue siendo, que la "envidia sana" no existe. Considero que es una frase que usamos para disfrazar una emoción genuinamente incómoda y, por definición, negativa. Para mí, decir "envidia sana" es lo mismo que decir "ladrón honesto".
Ambas expresiones son lo que en retórica se llama un oxímoron: dos términos que se contradicen radicalmente:
Si eres ladrón, por el acto mismo de tomar algo que no te pertenece, has roto el pacto social de la honestidad. No puedes ser "honesto" en tu acción esencial.
De la misma manera, si estás sintiendo envidia, según su raíz y definición psicológica, estás experimentando pesar o tristeza por el bien ajeno. Estás enfocándote en lo que al otro le sobra y a ti te falta, y esa sensación es inherentemente un malestar que corroe por dentro.
La envidia, en su forma pura, es el deseo de que la otra persona pierda ese bien. Incluso en su forma más suave, la envidia nos fija en la carencia propia y en la injusticia percibida, lo cual es dañino para nuestra autoestima. ¿Cómo puede ser "sano" un sentimiento que implica tristeza por el triunfo de un tercero?
Lo que realmente sentimos en esos momentos de admiración, ese empujón de motivación al ver un logro ajeno, no es envidia; es admiración, inspiración o deseo de superación. La admiración nos permite reconocer el éxito del compañero y usarlo como un faro: "Si él o ella pudo, yo también puedo trabajar para lograrlo". Nos impulsa a la acción sin el veneno del resentimiento.
Por eso, cada vez que escucho el dicho, siento la obligación de aclararlo: evitemos suavizar una emoción tan compleja con un adjetivo contradictorio. Aprendamos a identificar esa punzada de incomodidad, no como envidia, sino como un mensaje claro de nuestros propios deseos y, sobre todo, aprendamos a transformarla en un motor de avance. La honestidad emocional empieza por llamar a cada sentimiento por su nombre, y la envidia, simple y llanamente, no es sana.