domingo, 15 de febrero de 2026

Despertar en la loma...

 

No sabía qué hora era, pero soñar que estaba en un baño y no se me iban nunca las ganas de orinar fue motivo más que suficiente para despertarme.

Al otro lado de la carpa —una de estilo canadiense, hábilmente diseñada con bolsas de papas que por dentro llevaban ese nailon en el que vienen envueltas las heladeras; costuras en tanza del 30, cumbrera y parantes de tacuara, todo artesanalmente realizado por las manos de quien se encontraba a mi lado— mi compadre, mi amigo, mi hermano, mi padrino y un poco mi papá… el "Loco" López, dormía a pata ancha.

Apenas abrí los ojos, me acomodé y estiré un poco, lo suficiente para que el cuerpo recuperara la agilidad necesaria para salir de allí sin hacer ruido y no despertarlo. El cierre se deslizó suavemente, permitiéndome salir a gatas de aquella estructura de escasas dimensiones. Metí el brazo nuevamente y retiré la yuxtapuesta para tenerla a mano (costumbre adquirida), bajando el cierre con la misma delicadeza con la que lo había subido.

El fresco de la mañana me golpeó el rostro apenas me incorporé. Era una suave brisa que tanto podía venir del sur como del norte; la verdad es que a esa hora, medio dormido y con la vejiga a punto de estallar, poco importaba.

Hacia el este, el cielo comenzaba a pintar su alborada en tonos rosados, violetas y naranjas. El sol se adivinaba por debajo de aquel lienzo, asomando lentamente como si pidiera permiso para amanecer. Las nubes, que con las horas serían de ese blanco algodón tan característico, a esa hora eran solo sombras oscuras o azuladas.

El ruido de la orina salpicando el arroyo se mezclaba con el despertar lógico de la naturaleza. La correa de la escopeta al hombro despedía su olor típico: una mezcla de suela, hebilla, grasa y transpiración de portador. Era olor a oficio, a cientos de horas de caminata, a esa sensación de ser una extensión misma del brazo. La escena me rememoraba cierta película antigua donde partisanos italianos quedaban varados en una isla griega, y la comparación me causó gracia.

El tronco colocado como brasero había cumplido su trabajo a la perfección, manteniendo la combustión nocturna. Brillaba en el suelo con un toque rosa naranja y ese aroma inconfundible a humo de leña. Apoyé la escopeta en la cumbrera y me dispuse a alimentar aquellas brasas para calentar la pava negra, ya tiznada de hollín.

Mientras acomodaba el fuego, tanteé el bolsillo de la camisa buscando el paquete de Richmond y el papel. El vicio es más fuerte cuando uno se levanta, y más ahí, en el silencio, donde el humo se confunde con el primer vapor de la mañana. Una bruma etérea se levantaba apenas por encima del agua, viniendo desde el lado del estero redondo.

Tomé una rama recién encendida y prendí mi cigarro. El placer de ese primer humo solo es comparable con el primer trago de un mate amargo que quema el frío del pecho, o con esa paz absoluta de saberse dueño de nada y parte de todo.

Me quedé un momento así, en cuclillas. El sol ya no pedía permiso: un tajo naranja furioso cortaba el horizonte avisando que el día ya estaba ahí, aunque “el Pelu” todavía fuera un bulto inmóvil dentro de la carpa de bolsas de papa.

El primer mate resultó en el punto exacto de calor. Sentí cómo el amargo me devolvía el alma al cuerpo mientras el vapor de la pava se perdía en el aire. Me quedé mirando cómo la luz terminaba de lamer el borde del arroyo. Dejé que el amanecer del campo me ganara el cuerpo. No era solo el sol que subía; era el pulso de la tierra que se desperezaba bajo mis pies.

En ese silencio que no es vacío, sino una orquesta de crujidos y aleteos, uno entiende la escala de las cosas. El campo no es un escenario, es una presencia que te mastica el pensamiento hasta dejarte mudo. Ahí, entre el amargo y el tabaco, las urgencias de la ciudad se vuelven ceniza. Uno no es más que la nada misma frente a la inmensidad, o acaso apenas un jirón más de esa bruma que se desprende del estero. Me sentí una pieza mínima de ese engranaje perfecto que se repite desde el principio de los tiempos sin pedir permiso a nadie: ni al sol para salir, ni a la muerte para andar rondando el pajonal.

El sonido de Pelusa revolviéndose me sacó de un tirón de mis pensamientos. Cebé un mate más, solo para mí, saboreando los últimos segundos de soledad. Cuando el cierre de la carpa chilló rompiendo el aire frío, asomó su cabeza despeinada. Me vio ahí, sentado al fuego. No hizo falta decir nada; en esa mirada cruzada estaba todo el plan del día y la confirmación de que, un amanecer más, estábamos vivos.