jueves, 7 de mayo de 2026

Quizá la primera...

Hace muchos años (cuando yo tenía 17, ahora tengo 52), iba al Colegio Nacional de Laguna Paiva, conocí a una joven de mi edad (o quizá un año más chica, no lo recuerdo bien ahora). Andrea se llamaba (se llama, pues entiendo que continúa con vida), con la cual seguramente —de haber continuado frecuentándonos— nos hubiéramos convertido en amigos (y hasta quizá en algo más), debido a que poseía todos los condimentos necesarios, o al menos tenía todas aquellas cualidades que yo buscaba —y busco— en mis amistades y relaciones. Era una mujer que, además de poseer una belleza de tipo "natural", tenía el don (o habilidad, o condición, no sé cómo llamarlo) de ser frontal, directa y tener sus cosas muy en claro respecto a lo que quería.

Hoy, a los cincuenta y dos, camino por el mundo con una presencia que no admite dudas, proyectando la solidez de quien tiene todas las respuestas a sus propias preguntas y el pulso firme ante la vida. He aprendido a fabricar una voz que no tiembla y una mirada que sostiene el peso de las responsabilidades, ocultando bajo este barniz de madurez la estructura de un hombre que parece inquebrantable. Sin embargo, este diseño exterior es solo una arquitectura defensiva; una fachada erigida para proteger lo que realmente sucede debajo de la piel, donde el tiempo parece haberse detenido por completo. Pero en esa época, o más bien a nuestra edad, una mujer con ese temple, ese carácter y ese empoderamiento... nos daba miedo.

Ella no buscaba aprobación ni pedía permiso para existir; era directa, clara y poseía ese don de la transparencia que a mis diecisiete años me resultaba tan fascinante como intimidante, convirtiéndose en el reflejo exacto de las cualidades que yo, en mi silencio, más anhelaba. Lo cierto es que esa damita (hoy asumo una mujer hecha y derecha), me obsequió un escrito en donde, de una forma muy personalizada, me “desarmaba” por completo; hacía una lectura de mi propia personalidad de entonces que realmente asombraba.

En aquel escrito, ella utilizó un término que se clavó en mi historia como una flecha precisa: me dijo que yo me "abroquelaba". Tuve que acudir al diccionario de papel, hojear entre definiciones hasta entender que me estaba describiendo como alguien que se protege tras un escudo, alguien que se vuelve inalcanzable por puro instinto de preservación. Andrea, con su claridad de diamante, había detectado la trinchera que yo cavaba a mi alrededor; entre líneas, su confesión de afecto venía acompañada de una advertencia sobre mi propia clausura. Ella veía quizá de otra manera, aquello que nos unía, pero también veía el muro que yo levantaba para no ser herido.

Aquel "abroquelarse" fue la autopsia de mis diecisiete años hecha por una persona que quería entrar en mi mundo. Me desarmó porque me obligó a reconocer que mi silencio no era solo timidez, sino una estrategia de defensa que, paradójicamente, me alejaba de lo que buscaba.  Hoy, a mis cincuenta y dos años, esa palabra vuelve a mis escritos como un eco persistente, recordándome que, aunque he cambiado la madera del escudo por una personalidad fuerte y curtida, el impulso de refugiarme en la fortaleza interior sigue siendo mi rasgo más humano. Ella me leyó antes de que yo supiera escribir mi propia historia, dejándome una verdad que el tiempo no ha podido oxidar. 

Entiendo ahora que ella no solo era una joven que me atraía, sino el primer indicio de que se podía vivir sin tantas máscaras, una lección de autenticidad que aquel muchacho lleno de complejos guardó bajo llave como un tesoro pendiente... hasta ayer en que estaba escribiendo, y pude recordarla.

Aquel diagnóstico de mi juventud, trazado por una mano tan joven como certera, fue quizás el primer acto de desnudez al que me enfrenté sin haber buscado el despojo. Resulta paradójico que, mientras yo me esforzaba por construir muros y trincheras, ella —quizás sin ser plenamente consciente de la magnitud de su gesto— lograra traspasar cada una de mis guardias con la simple fuerza de su lucidez. Al final, no fueron los años ni las cicatrices los que me enseñaron quién era yo realmente, sino Andrea; fue ella quien, al nombrarme detrás del escudo, me desnudó de mis defensas y supo leerme de una manera tan profunda que, todavía hoy, sigo intentando descifrar el hombre que ella vio antes que nadie....