martes, 21 de abril de 2026

Pauli...

 

Hay ausencias que no se miden en kilómetros ni en frecuencia de visitas, sino en la profundidad del hueco que dejan cuando el mundo decide seguir girando sin ellas. Paula era, para todos, un ser de luz; para mí, era un espejo donde me reconocía sin necesidad de palabras.

Crecimos lejos, viéndonos apenas en veranos que ahora me parecen suspiros, pero siempre hubo entre nosotros un hilo invisible, una conexión que nunca necesitamos explicar porque nos pertenecía solo a los dos. La quise con la fuerza con la que se quiere a una propia hermana, con esa lealtad que no se cuestiona, sintiendo que en ella habitaba una parte de mi propia historia que nadie más podía entender.

Hace un mes, cuando el mundo se detuvo con esa llamada, supe que el tiempo se nos había vuelto de cristal. No fue un deseo, fue una urgencia física: "Necesito ir a abrazarte"(le dije), y al otro lado del teléfono, su voz me devolvió la misma necesidad.

Ese viaje fue el acto más real de mi vida. La busqué, la encontré y nos fundimos en ese abrazo que hoy guardo como un santuario. La besé sabiendo que quizá estábamos sellando una despedida, pero en ese intercambio de afecto, nos hicimos inmensamente felices. Nos dimos lo que nos quedaba: la presencia pura, el silencio compartido y la certeza de que estábamos ahí, el uno para el otro, antes del final.

Anoche su cuerpo, tan pequeño y ya tan cansado, dijo basta. Físicamente se ha ido, y me queda este vacío que me quema el pecho, esta sensación de estar desarmado. Estoy destruido, es cierto, pero me queda el consuelo —ese pequeño y brillante consuelo— de saber que no dejamos nada pendiente. Nos abrazamos a tiempo. Nos quisimos a tiempo. Y esa luz que ella era, ahora se queda conmigo, aunque me toque aprender a caminar en esta nueva oscuridad.

 Q.E.P.D. nuestra bien amada Paula...