Dícese del ascensor que es, quizás, el único habitáculo de la civilización moderna donde la raza humana está dispuesta a tolerar la respiración ajena a diez centímetros de distancia sin llamar a la policía o salir corriendo. Sin embargo, algo se rompió en el viejo protocolo de convivencia en altura.
Antes, el viaje entre la planta baja y el quinto piso era un microcosmos de la alta diplomacia de barrio. Apenas se cerraba la puerta de chapa choricera -con ese temblor metálico que prometía una caída libre pero siempre terminaba en un tirón seco- arrancaba el teatro. Ningún viaje estaba completo sin el ritual de los pronósticos.