lunes, 7 de septiembre de 2026

En dos metros cuadrados...

 

Dícese del ascensor que es, quizás, el único habitáculo de la civilización moderna donde la raza humana está dispuesta a tolerar la respiración ajena a diez centímetros de distancia sin llamar a la policía o salir corriendo. Sin embargo, algo se rompió en el viejo protocolo de convivencia en altura.

Antes, el viaje entre la planta baja y el quinto piso era un microcosmos de la alta diplomacia de barrio. Apenas se cerraba la puerta de chapa choricera -con ese temblor metálico que prometía una caída libre pero siempre terminaba en un tirón seco- arrancaba el teatro. Ningún viaje estaba completo sin el ritual de los pronósticos.

-Calor, ¿no? -tiraba uno, mirando la chapa de la botonera como si estuviera descifrando un jeroglífico.

-Una humedad bárbara, che. Dicen que a la noche se viene la tormenta -respondía el del 3°B, con el aplomo y la convicción de quien acaba de hacer un máster en meteorología aplicada al costado de la vereda.

Y ahí quedaba flotando un pacto implícito de civilidad. No arreglábamos el país, pero nos reconocíamos vivos. Sabíamos que la del 1°A venía de la panadería porque el habitáculo quedaba impregnado de ese olor glorioso a chipá recién hecho, que el del 4°C peleaba contra el reuma y que al encargado le gustaba baldear la entrada justo a la hora en que todo el mundo salía a trabajar. En diez segundos de viaje vertical se intercambiaban diagnósticos de salud, críticas a la municipalidad y sospechas sobre ruidos molestos en el tragaluz.

Hoy, el ascensor se ha transformado en una cápsula de aislamiento voluntario. Una trinchera individual, pero con espejos.

La gente sube, clava la vista en la pantalla del celular con la urgencia y la seriedad de un cirujano que está operando a corazón abierto por Bluetooth, y reza tres Avemarías mentales para que la máquina no pare en ningún piso intermedio. Si por desgracia alguien osa interrumpir el silencio sagrado con un "buen día", la respuesta suele ser un murmullo indescifrable; una especie de resoplido gutural que entrecruza el compromiso social mínimo con unas ganas bárbaras de estar en otra parte.

Ya nadie habla del tiempo. Si llega a caer un granizo del tamaño de un pomelo que destruye los coches de la cuadra, el vecino prefiere filmarlo en cámara lenta para subirlo a una historia de Instagram antes que comentárselo al tipo que tiene al lado.Nos hemos vuelto auténticos ermitaños en el foso de aire y luz.

El protocolo moderno exige una destreza corporal digna de un contorsionista del Cirque du Soleil: hay que lograr mirar la pantalla del teléfono con cara de estar resolviendo una crisis financiera internacional, mientras con el codo se esquiva la bolsa de las compras del de al lado y se calcula milimétricamente no rozarle la mano a un/a desconocido/a en la botonera. Rozarle sin querer el dorso de la mano a un/a desconocido/a al marcar el piso exige de inmediato una serie de disculpas con la culpa de quien acaba de cometer un delito federal.

Antes, si el ascensor se trababa entre el tercero y el cuarto, la contingencia abría paso a la fraternidad. Surgían los héroes de ocasión que intentaban hacer palanca con la llave de la puerta de entrada, la vecina que sacaba un caramelo de menta arrugado del fondo de la cartera para calmar los nervios generales y las teorías conspirativas sobre la desidia del administrador. Había un destino común. Hoy, si la caja metálica llega a detenerse a mitad de camino, la primera reacción no es buscar la alarma, sino revisar desesperadamente si llega la señal de Wi-Fi o si nos quedan datos para avisar por el grupo del consorcio que moriremos asfixiados entre el entrepiso del 3°B y el lavadero. 

Se extrañan esas viejas y breves conversaciones de ascensor. Esas donde se ensayaban las hipótesis más descabelladas sobre por qué el motor hacía ese ruido a gato encerrado o por qué los chicos del 2° siempre dejaban la puerta de reja entreabierta. Eran apenas unos pisos, unos pocos segundos de pura comedia humana.

Hoy subimos en silencio, apretados, iluminados por la luz azul de una pantalla que nos promete conectarnos con el mundo entero mientras ignoramos olímpicamente al vecino que nos estornuda en la nuca.

A los que ya peinamos canas -o a los que directamente han renunciado al peine por falta de materia prima- no nos mueve la nostalgia barata. No es que queramos volver a la televisión en blanco y negro ni a la época en que había que pedir línea a la operadora para llamar a otra provincia. Simplemente nos resulta difícil aceptar que hayamos cambiado el viejo arte de la charla improvisada por este automatismo colectivo de pantalla chica. Nos criamos en una era donde la vida pasaba por mirarse a la cara, adivinar por la expresión del otro si la cosecha venía buena o si la patrona lo había mandado a dormir al sofá, y ensayar esa empatía mínima del que comparte el mismo suelo, aunque sea por tres pisos. 

Éramos menos eficientes, quizás más metidos, pero infinitamente más humanos que este batallón de autómatas que hoy comparte el foso de aire y luz sin cruzarse la mirada.

¿Ud que opina Don Jose C.?