domingo, 30 de agosto de 2026

Piso 13

 

El viento del sur entró de golpe a eso de las cinco de la tarde, trayendo ese tufo a humedad y río que suele enfriar la Capital antes de la lluvia. En el piso trece, Ismael López Cardozo no sintió el cambio de aire ni el silbato de salida. El martillo neumático de una obra le había dejado años atrás un zumbido constante en el oído izquierdo; para amortiguarlo, escuchaba la radio con unos auriculares pegados a las orejas con cinta aisladora y encajados bajo la presión de sus orejeras antiruido. 

Bloqueaba así el sonido exterior mientras trabajaba dándole la espalda al vacío de la losa. Cuando apoyó la cuchara sobre el balde de mezcla para limpiarla con la espátula, notó que la sombra del edificio vecino ya cubría la mitad de la planta. Se sacó las orejeras junto con los auriculares. Abajo no había gritos de peones, ni el rechinar de la mezcladora, ni el retumbo de las camionetas. Nadie…

 

Caminó hasta el vano donde debía estar el ascensor. Miró para abajo por la luz del tragaluz: el montacargas de cremallera, el único medio para subir o bajar desde que la empresa suspendió la escalera de hormigón entre el piso nueve y el doce por un error de cálculo en las vigas, descansaba en el fondo del pozo. Desconectado. Sin electricidad en toda la estructura.

Mirar hacia el vacío del vano le producía un vértigo visceral, un vacío helado en el estómago que le acalambraba las piernas y le hacía sentir que la gravedad misma tiraba de su pecho para engullirlo. Asomarse a esos casi sesenta metros de aire sobre el hueco del montacargas significaba enfrentarse a un abismo de vigas de hierro oxidadas, donde un solo resbalón de sus manos agrietadas por la cal lo transformaría en una sombra en caída libre; la sola idea de aferrarse a la estructura metálica y quedar suspendido en la nada, sintiendo el viento del sur golpear su cuerpo sin un punto firme debajo de los pies, le provocaba un sudor frío y un pánico paralizante que lo clavaba sobre la losa, convenciéndolo de que la única forma de seguir con vida era mantener la espalda pegada a la pared y los ojos fijos en la solidez del cemento. 

—Eh, Don Ruiz… —gritó hacia la nada. El viento se tragó su voz antes de que cruzara la calle.

Ismael pensó en el compadre con el que compartía la casilla en la villa de Retiro. Se dijo que no lo buscaría esa noche; la tarde anterior le había contado sobre una chica de Laferrere y, además, el compadre aprovechaba el feriado largo para viajar esa misma madrugada a Luque a visitar a su madre, por lo que recién estaría de regreso en Buenos Aires casi tres semanas después. Celular no tenía. Nadie lo iba a extrañar hasta que el compadre pegara la vuelta del Paraguay.

Buscó un rincón donde la losa superior hiciera de techo y se acomodó sobre un tendal de bolsas de cemento vacías. El viento sur sopló con ganas toda la noche, colándose entre las columnas desnudas y calándole los huesos. No pudo dormir. Al clarear el sábado, con los brazos entumecidos por el chucho de frío, Ismael miró los palés de ladrillos huecos que habían subido el jueves y las bolsas de cal que quedaba a medio usar cerca del tambor de agua potable.

Para no tiritar, agarró la cuchara. Se puso a preparar pastón con el agua del tambor de construcción y empezó a levantar una pared a panderete sobre el costado sur de la losa. Pegaba ladrillo, pasaba la plomada, nivelaba. El ejercicio le devolvió el calor al cuerpo.

Para el lunes a la tarde, los bizcochos secos que los electricistas habían dejado en una lata volaron. El martes no apareció nadie. La empresa constructora había presentado la quiebra esa misma mañana en un juzgado comercial, cerrando los portones con candado y dejando la obra a la deriva.

Ismael esperó todo el martes. Y el miércoles. Cuando el hambre apretó con fuerza, aguzó la maña que traía de sus años en el campo paraguayo. Usó una zaranda de cernir arena, un pedazo de alambre de fardo y un pedazo de pan seco que encontró en el bolsillo de una campera vieja abandonada. Armó una trampa en el borde de la losa. Cazó la primera paloma al mediodía. Juntó maderas secas de los encofrados de las columnas, sacó chispas con el encendedor de piedra que llevaba en el tirador del pantalón y la asó sobre una chapa galvanizada.

Los días perdieron el nombre. El agua del tambor la racionaba en un tarro de duraznos en almíbar. Cuando terminaba de comer, Ismael no miraba la ciudad. Miraba los ladrillos. El silencio de la altura era un peso enorme que solo se sofocaba con el golpe sordo de la cuchara golpeando la mezcla.

Si no trabajaba, el vacío de la calle casi 60 metros abajo le pedía que se tirara. Así que siguió levantando. Terminó la pared del sur. Después arrancó con la pared que daba al este, buscando tapar el sol que lo encandilaba de mañana. Se le acabó el ladrillo hueco y empezó a acarrear mas, de los pisos superiores, adonde estaban los bloques de hormigón que estaban acopiados cerca del tragaluz. Levantó los tabiques interiores, dividiendo la losa del piso trece en piezas imaginarias: un pasillo, dos dormitorios, un baño con ventana al tragaluz.

Tres semanas después, una cuadrilla municipal fue a colocar vallas de madera en el frente de la obra abandonada para evitar que entraran intrusos. Uno de los obreros se alejó un par de metros hacia la vereda de enfrente para prender un cigarrillo y levantó la cabeza. Miró la mole gris de hormigón: un esqueleto desdentado de doce pisos perforados por el aire, salvo el piso trece, que lucía un cerramiento perfecto, prolijo, ciego de ladrillos rojos que cortaban la estructura como un anillo de arcilla.

Esa misma noche, el obrero municipal comentaba el hecho entre trago y trago en un bar de San Telmo. En la mesa de al lado, un ex capataz de la firma quebrada lo escuchó y se rió diciendo que eso era imposible, que esa obra llevaba un mes paralizada y cerrada bajo llave. Sin embargo, la duda le quedó picando.

Al día siguiente, pasadas las diez de la mañana, el ex capataz volvió al edificio con dos dueños de la firma. Abrieron el candado del tablero principal con un cortahierro, dieron luz general y encendieron el motor del montacargas.

El chasis de hierro subió temblando entre el chistido de las guías oxidadas. A medida que atravesaban los pisos vacíos —piso ocho, piso nueve, piso diez—, el silencio se hacía denso. En el doce, el frío era una masa abierta. Pero al llegar al trece, la jaula del montacargas topó contra un marco de ladrillos recién levantados.

El capataz empujó la puerta de alambre y pisó la losa. No corría una sola gota de aire. El piso trece era una vivienda cerrada, una cueva levantada en el aire.

En una esquina, sentado sobre un balde dado vuelta, Ismael López Cardozo sostenía la plomada frente a una hilada de ladrillos. Tenía la piel pegada a los huesos, la ropa encostrada de cal seca y las manos agrietadas en llaga viva. Al sentir el ruido del motor, no levantó la vista para ver quién llegaba. Solo pasó la punta de la lengua por los labios partidos, miró al capataz con ojos extraviados en los que ya no había ningún rastro de angustia, y habló con un hilo de voz rasposa:

—Traigan más pastón, Don Ruiz… Que antes que caiga la noche hay que cerrar la última ventana.