domingo, 9 de agosto de 2026

El rastro de nuestros amores...

(o La huella imborrable del amor cotidiano...)

Tengo pelitos blancos en mi ropa y en mi calzado. Se pegan a mi saco negro de trabajo antes de salir a la calle, flotan en la casa y en mi pieza principalmente, y cubren, con una presencia perezosa diría, las plantillas de mis zapatillas favoritas. Quién no conozca la vida en común con un animal dirá que es descuido; quien entienda de amor sabrá que es la firma cotidiana de un pacto invisible.

Son los pelos blancos de mi gato. Son pequeños hilos de seda que deja tras de sí, como queriendo dejar su huella en cada rincón de mi vida cotidiana. Al principio, antes de cada reunión o salida importante, trataba de quitármelos con el rodillo adhesivo, pero pronto me di cuenta de que era inútil. Esos pelos no son suciedad, sino marcas de afecto, el testimonio tangible de un ronroneo matutino sobre mis piernas, de una siesta compartida o de un saludo efusivo apenas cruzar la puerta.

Es una manera silenciosa de llevarlo a él, llevándolos conmigo en la solapa o en el calzado. En el ajetreo del día, cuando miro hacia abajo y encuentro uno de esos finos trazos blancos sobre la tela, no puedo evitar una sonrisa imperceptible. Es un recordatorio de que en casa me espera alguien, una criatura de mirada sabia que no pide explicaciones y que me entrega un cariño puro, sereno e incondicional.

Vi un video en internet, de un señor español (con el que coincido al 2000%) y básicamente decía:

Que estaba convencido de que no existe un ser más especial ni un maestro de la humildad más perfecto que un gato. Con la elegancia serena y esa mirada impenetrable que parece juzgar y perdonar a la vez, tiene justo lo necesario para ponernos en nuestro lugar sin pronunciar palabra. Ante su soberana independencia se diluyen nuestros egos y las prisas del mundo pierden sentido; nos enseña que no somos sus dueños, sino apenas afortunados compañeros elegidos para compartir su espacio, recordándonos con un simple parpadeo pausado, la verdadera escala de lo importante.

A veces me pregunto por qué no me limpio la ropa con más esmero, o la dejo fuera de su alcance gatuno. Sonrío y pienso. Quienes amamos a los animales sabemos que esos pelos son el pequeño precio por una felicidad desmedida, el bordado sutil de un afecto que no necesita palabras para hacerse notar.