viernes, 14 de agosto de 2026

CUENTAS PENDIENTES...

 ...el miedo a irnos sin decirnos nada.

Algunos dicen que la vida es un suspiro, otros que es un viaje o que pasa volando. Están los que dicen que te pone a prueba, que te enseña, o que por algo pasan las cosas. Hay tantas frases respecto a lo que es la vida en sí... pero la vida es, en realidad, esa etapa que transcurre desde que nacemos hasta que morimos; nada más que eso. La vida ni pasa, ni nos prepara, ni nos hace esto o aquello. La vida es eso. Somos nosotros los que decidimos qué hacemos con ella, qué legado dejamos, cómo actuamos, lo que hacemos, lo que decimos y lo que dejamos de hacer.

Muchas veces criticamos (me ha pasado) a nuestros mayores, a nuestros padres, e imputamos culpas que no corresponden, porque en realidad lo que hacemos es depositar demasiado peso entre lo que nosotros queremos y cómo se comportan los demás. Alguien me hizo entender esto no hace mucho, a raíz de un comentario mío cuando dije: «estoy perdonando a mis abuelos, luego a mi padre, y llegará el momento de hacerlo conmigo mismo». Me dijo: «¿Por qué tenes que perdonar? Tus abuelos, tus padres, tus mayores hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Nadie los preparó para esto». Y la verdad es que tiene razón. Como padres hacemos lo que creemos correcto y tenemos que vivir con las consecuencias de ello. Tomamos decisiones (como me dijo alguien hoy) sobre la marcha, y de todas las opciones, siempre elegimos la que nos parece más correcta en ese momento. Nos pueden criticar, nos pueden juzgar y nos pueden decir un montón de cosas... y es verdad, porque nosotros también lo hemos hecho con nuestros mayores. Pero la realidad es que nadie se puede poner en nuestros zapatos, entender por qué tomamos esas decisiones y por qué en ese instante preciso. Si decidimos de esa manera fue simplemente porque nos pareció lo más lógico, lo más sensato, lo más correcto.

También es verdad que muchas veces nos damos cuenta de que nos equivocamos y tenemos que cargar con eso. A veces no tenemos la suficiente entereza para levantar un teléfono, pedir perdón y decir: «hijo/a, perdón, me equivoqué. Siempre quise lo mejor y pensé, erróneamente quizá, que lo mejor era eso. No lo supe interpretar de otra manera o no supe cómo afrontar la situación». Y son nuestros legados, nuestros hijos, los que después determinan cómo se manejan con nosotros, cómo nos tratan o cómo nos dejan de tratar.

Cuando vemos finales de cerca, nos damos cuenta de la finitud de la vida en sí. Nos suele agarrar una tremenda pavura, un miedo atroz a no poder hacer nada para remediarlo, a irnos con la tarea inconclusa, con la palabra no dicha, con el abrazo no dado... con mucha culpa, quizá. Cuando lo único que pretendimos fue hacer las cosas bien, y nadie nos dio un manual de cómo hacerlo, o de cómo ser buen padre, buena persona, buen tipo. Tenemos una noción de cómo debería ser, pero jamás tenemos la certeza. Jamás. Repito hasta el cansancio que la única certeza que tenemos es que nos vamos a morir algún día.

Hablaba con alguien no hace mucho y le decía: ¿qué sucedería si te dijera que tengo la máquina del tiempo o la bola de cristal, y que tengo dos noticias para darte, una buena y una mala? La mala es que te quedan tan solo 24 horas de vida; la buena es que tenes ese tiempo para dar solución a todas esas cosas inconclusas que dejaste, para remediar aquello que sabes que tenes que hacer, pero que el orgullo, la falta de razón, el miedo o la vergüenza no te permiten. ¿Qué harías?

Todos sabemos —quién más, quién menos— qué muerto tenemos encerrado en el ropero. Todos somos conscientes de aquel perdón que tenemos que pedir, de aquellas palabras que tenemos que expresar, de aquel llamado que debemos hacer y no nos animamos. Y hay una realidad incontrastable: no tenemos la certeza de que estas no sean las últimas 24 horas que tenemos de vida. El miedo entonces muta al darnos cuenta de no haber dicho lo que sentimos, no haber pedido el perdón que correspondía, no haber hecho esa llamada... e irnos con la consciencia de que podríamos haber hecho más.

Soy un eterno defensor del «llamá a esa persona» (aunque yo mismo no llame a quien deba llamar), del «pedí perdón» (aunque yo todavía no haya pedido ese mismo perdón), del «decí cuánto querés o lo mucho que te hace falta» (aun cuando a mí me cueste comunicarlo). Cuando ves finales de cerca, te entran todas esas cuestiones juntas. Cuando empezás a asumir lo finito y efímera que es la vida, te das cuenta de que no te vas con las cuentas saldas; te das cuenta de que se podría haber hecho más. Que te juzgue quien te tenga que juzgar, que crean lo que quieran creer y que te consideren como quieran. Que sean sus propias conciencias las que les dicten si actuaron bien o mal con vos o con la situación.

Porque la realidad es esa: tenemos una sola certeza en este mundo, en esta vida, y es que nos estamos muriendo. Todos. Vos, yo, el de al lado... nadie se salva. Es ley de vida. Nacimos para ser retenidos únicamente en las mentes y en los corazones de aquellos que nos quisieron, y que nos quisieron bien. Nada más. Nuestro cuerpo es materia orgánica que se termina degradando. Nos ponemos viejos y, tarde o temprano —algunos antes, otros después—, indefectiblemente iremos a parar todos al mismo lugar. Con un mejor empaque o más o menos maltratados, pero al mismo lugar.

Estarán aquellos que creen en una segunda oportunidad, en una vida después de la muerte, en que se descompone el cuerpo físico pero la energía queda, en el universo, en el cosmos, en los ángeles, en el cielo, en el infierno o en lo que quieran creer. Pero cuando la realidad nos golpea de cerca y vemos pasar a la parca, o se nos queda mirando a los ojos, nos asustamos.

Tal vez sea hora de que hagamos esa llamada que venimos postergando. De que pidamos ese perdón que nos quema por dentro y digamos, al fin, cuánto amamos. Sin guardarnos nada. Porque al final del día, la vida es demasiado corta para andar con tantas cuentas pendientes.