(Manual sociológico del sujeto que reniega por vocación)
Decía Jorge (mi sabio profesor de la materia) que, si a un hombre no le gusta renegar, bajo ninguna circunstancia debe dedicarse a la electricidad. Tenía razón. El electricista no trabaja únicamente con la ley de Ohm, los voltios o la corriente alterna; trabaja, fundamentalmente, contra una fuerza oscura y metabólica denominada Entropía Doméstica.
El cliente cree que el oficio consiste en conectar un cable con otro. Desconoce que la verdadera profesión es un ejercicio de templanza casi budista donde el oficial combate a diario contra leyes físicas que no figuran en ningún manual de la UTN.
Para comprensión de los no entendidos, he “seccionado” los que yo considero los fenómenos más célebres de esta disciplina:
El teorema del capuchón flotante
Es el clásico de los clásicos en la mesa de trabajo. El sujeto (puede tener un mes o varios años de profesión, es completamente indistinto) pela los cables con precisión de cirujano, realiza el empalme, ajusta los bornes con la fuerza justa, aprieta los tornillos del prensa cable y contempla su obra con el orgullo de quien acaba de erigir un monumento. Es en ese preciso instante de paz espiritual cuando la mirada se desvía tres centímetros hacia la izquierda y descubre, reposando sobre la mesa con pasmosa impunidad, la carcasa de la ficha.
No hay algoritmo humano que explique cómo el cerebro pudo ignorar la pieza antes de ajustar todo. El resultado es siempre el mismo: desarmar a la nada misma, murmurar un insulto entre dientes y confirmar que el progreso humano es una ilusión.
La gravedad inversa de la escalera
La física tradicional sostiene que las cosas caen hacia abajo ¿no? La física del electricista sostiene que lo que usted necesita está siempre a más de tres metros de distancia de su mano.
El fenómeno ocurre al llegar al último peldaño de la escalera extensible. El oficial se alza, equilibra el cuerpo en una postura incómoda que desafía la columna vertebral, estira la mano hacia la caja de paso y descubre que el destornillador Phillips que necesita, está abajo. O peor aún: adentro del auto, en el baúl, y seguramente debajo de algo. La distancia entre el último peldaño y el suelo no se mide en metros, sino en años de vida que se pierden en el trayecto.
El síndrome del miembro fantasma (Versión Destornillador)
Un trastorno de la percepción espacial muy frecuente en la obra. El electricista detiene la maniobra, mira el tablero y busca desesperadamente la herramienta que tuvo hace diez segundos. Revisa el bolsillo trasero del pantalón, busca en el piso, mueve la lata de pintura, putea al ayudante (si lo hay) o al perro de la casa, para finalmente descubrir que ha tenido el destornillador apretado en la mano derecha durante los últimos cinco minutos. La mente humana es capaz de enviar naves a Marte, pero no puede registrar la herramienta que sostiene en su propio puño.
La paradoja de la cinta implacable
La cinta pasacables es un instrumento dotado (la mayoría de las veces) de voluntad propia y mala entraña. El trámite arranca fácil, pero a los dos metros se frena contra una pared invisible. El electricista empuja, gira, arremete con la fuerza de un ariete medieval, echa lubricante, putea al albañil que levantó la casa en 1984 y vuelve a intentar.
Tras media hora de fracasos sistemáticos (y habiendo retirado la cinta unas doscientas catorce veces), el oficial ingresa en la fase de negociación mental. Es la etapa donde se contemplan alternativas extremas: romper el cielorraso de machimbre, tirar trescientos metros de cablecanal por el medio del living o, directamente, sugerirle al cliente que venda la propiedad. El electricista ya está al borde de ofrecerse a embalar los platos y cargar el camión de mudanza con tal de no volver a ver esa caja de paso.
Y entonces ocurre el milagro.
Sin haber cambiado el ángulo, sin haber aplicado más fuerza y sin ningún tipo de explicación lógica ni física, el oficial introduce la cinta por vez número doscientas quince y la guacha pasa. Desliza suave, silenciosa, sin rozar con nada, flameando hacia la otra punta del caño a la velocidad de Usain Bolt corriendo los cien metros llanos.
El electricista se queda mirando el extremo que asoma del otro lado, respira hondo y comprende que no hubo magia: la cinta simplemente se cansó de joder.
Existe en el gremio un estado de iluminación casi místico. Ocurre cuando, tras una batalla campal contra el disyuntor diferencial (que salta con la constancia y el entusiasmo del Sapo Pepe), el electricista logra finalmente (después de un tiempo prudencial) acorralar la fuga.
El cliente suele mirar la escena sin entender la magnitud del evento. Ve a un tipo transpirado, mugriento, con la linterna entre los dientes y una sonrisa de satisfacción demente en la cara, sosteniendo en la punta del alicate un mísero tornillo autoperforante de dos pulgadas y media (o más).
No es un tornillo cualquiera. Es el tornillo del electro mandado.
Ese espécimen (un corajudo de la vida, un entusiasta del "lo hago yo mismo" o un colega con prisa y poco amor por la patria, o un electro albañil) tuvo la brillante idea de colocar la tapa de una caja de paso usando un autoperforante largo como lanza romana. Y la física, que es perversa, hizo el resto: la punta del tornillo rasgó apenas, de forma imperceptible, casi homeopática, la primera capa del aislante del cable de fase. Lo suficiente para no volar todo en mil pedazos al instante, pero lo justo para hacerle la vida imposible al disyuntor cada vez que la humedad del ambiente sube un dos por ciento.
Encontrar esa falla no es trabajo: es arqueología forense.
Cuando el electricista retira la tapa, ve la punta del tornillo apretando el cable y ve la marquita microscópica en el PVC y dice en voz alta: “¡Acá estás, hijo de puta!”, en el universo se restablece el equilibrio cosmos-materia. En ese segundo no hay aumento de tarifa, ni escalera pesada, ni capuchón olvidado que valga. Es la satisfacción absoluta de haberle ganado la partida a la desidia ajena. (solo otro colega electricista puede entender ese grado de satisfacción que menciono)
Al final de la jornada, el electricista junta los bártulos, se limpia la grasa/tierra/telas de araña de las manos con un trapo mugriento y mira el tablero encendido. La luz anda.
El cliente sonríe y piensa que fue fácil.
El electricista no dice nada. Sabe que acaba de sobrevivir a otra jornada contra la entropía, guarda el destornillador en la caja de herramientas (comprobando dos veces que no lo tiene aún en la mano) y se va imaginando la única certeza que sostiene al gremio: mañana habrá que volver a renegar.