Hoy te despedí. Y mientras a mi alrededor algunas personas buscaban gestos grandilocuentes o llantos para la foto, yo preferí refugiarme en el silencio de todo lo que fuiste para mí.
En momentos así, donde el ruido y las posturas ajenas intentan ocupar un lugar que no les pertenece, me doy cuenta de que la gratitud real no necesita tribuna. Nosotros no necesitamos discursos de última hora; nos alcanzó con aquella tarde de sábado, con el abrazo apretado, con la certeza mutua de habérnoslo dicho todo a tiempo.
A vos no te hicieron falta reflectores ni cámaras para abrirme la puerta de tu casa y de tu vida cuando el mundo se me venía abajo. Tu generosidad siempre fue de puertas adentro, silenciosa y verdadera. Por eso elijo quedarme con la verdad de lo que construimos, lejos de las apariciones tardías. Te llevo conmigo en lo importante, en lo que no se actúa.
Qué fácil es vestirse de duelo cuando el telón ya cayó, y qué difícil es estar cuando las papas queman. Miraba a mi alrededor en tu despedida y no podía evitar notar el contraste entre el ruido de afuera y la paz que me dejó haber estado a tu lado.
Al final, la vida pone a cada quien en su lugar. Hay quienes llegan a despedirse para hacerse notar, y hay quienes están para acompañar. Yo me quedo con lo segundo, y con el privilegio de haber sido parte de tu casa y de tu corazón cuando de verdad importaba.
Te despedí en medio del ruido. Y con el paso de los años, si algo he descubierto, es que solo creo en mis propios llantos y en el dolor de aquellos que de veras lo dieron todo, hasta el último minuto. Todo lo demás me resulta ajeno, lejano, casi una actuación.
Tu grandeza nunca necesitó escenografía. Me llevo tu ejemplo de afecto sin condiciones y de esa última tarde juntos donde nos dijimos todo como hermanos, como maestro y discípulo. Lo demás es solo ruido de paso; tu huella en mí es para siempre…
Q.E.P.D PADRINO