(Escenógrafos de nuestra propia falsa vida)
Ayer, estaba pensando en aquella gente que quiere "aparentar" una realidad que no viven, (se ve muchísimo, y principalmente en las redes sociales).
Aparentar significa mostrar o hacer creer algo que no es real. Según el Diccionario de la lengua española, (eso en la RAE, en mi pueblo se le llama querer “c…r” más alto que el “c…o”).
Es un fenómeno (si me permiten el término) “fascinante” y, a la vez, bastante agotador de observar (o sea…rompe bastante los gobelis). Las redes sociales construyeron una escenografía digital donde el valor de la imagen desplazó completamente a la vivencia real: no importa tanto disfrutar el momento, sino construir la prueba irrefutable de que estuviste ahí y la pasaste increíble.
Los sistemas con los que se maneja la internet, algoritmos que le llaman, (para Ud. Doña Eulogia que aún no la caza del todo ¿vio?) están pensados para recompensar el éxito, la pulcritud estética y la vida aspiracional. Dar un like (me gusta) o comentar produce un pico inmediato de dopamina. Para muchas personas, el mostrar una vida envidiable se convierte en una vía rápida para obtener el reconocimiento y aceptación que tal vez no tienen en su día a día (y ojo, no lo dice Ergo Kadar, lo pueden consultar con San Google si no me creen).
Ahí empieza la contracara. Consumir únicamente la versión editada de los demás genera la ilusión de que todos triunfan menos uno. La respuesta (en algunos casos y para algunas personas) suele ser la misma moneda: simular un éxito o un bienestar ficticio para no quedarse atrás, cayendo en lo vergonzoso o lo ridículo.
¡Por favor, doña Eulogia, que la conocemo’ del barrio la conocemo’! Aparece en el Instagram posando con una copa de espumante y un "brunch orgánico", pero sabemos perfectamente que cena sopa de sobrecito y sánguche de mortadela, mientras mira la novela gritándole a la tele. No hay necesidad de simular tanto glamour cuando su mayor lujo sigue siendo que el panadero le guarde las facturas de ayer. Pss
Y la cosa no se queda solo en la foto del plato de comida. Después están los que te montan un reality show inmobiliario y turístico: meten tres filtros, se sacan foto al frente de un chalé ajeno o al ventanal del hotel en el que esta, gracias a las 24 cuotas sin interés que sacaron a duras penas, y te clavan el epígrafe reflexivo de "agradecido con la vida por tanto". Te muestran el viaje como si fueran magnates petroleros, pero los ves esperando el 15 sobre Facundo Zuviría, apretando los dientes y estirando el último billete de la billetera, rogando que les quede saldo a la SUBE para pagar el boleto porque la tarjeta les quedó al rojo vivo.
O los que arman celebraciones verdaderamente fastuosas. Cumpleaños, aniversarios o eventos que parecen salidos de la revista CARAS, con barra libre, luces robóticas y cotillón importado. Tiran la casa por la ventana con un despliegue que envidiaría un jeque árabe, aunque todos en el pueblo sepamos que a la semana siguiente andan esquivando al cobrador de la cuota del club, comiendo arroz blanco durante un mes y rogando que el cajero les tire un anticipo para pagar la luz.
Todo sea por el aplauso digital y el "¡qué linda fiesta, la pasaron hermoso!".
Y al final del día, uno se queda pensando: ¿para quién es toda esta puesta en escena? La paradoja de esta era es que nos gastamos la salud, la tranquilidad y los ahorros que no tenemos en impresionar a gente que, en realidad, ni siquiera nos cae tan bien y que está demasiado ocupada armando su propia utilería digital como para prestarnos atención de verdad. Nos convertimos en escenógrafos de nuestra propia falsa vida, olvidándonos de habitar la casa.
No sé, quizás, la verdadera rebeldía en estos tiempos no sea demostrar que “la tenemos” para viajar a escalar el Everest, ni cenar con caviar en el bar del piso 13 del edificio del puerto, ni navegar el finde en un yate, sino tener la libertad de admitir que hoy se come guiso de la vieja recalentado, en jogging y remera, con las patas arriba del sillón, mirando “el NÉFLI”. La próxima vez que sientan la tentación de quemar la tarjeta para encajar en la vidriera, acuérdense de Doña Eulogia: la paz mental de no deberle nada a nadie ni fingir lo que no se es, le gana por goleada a cualquier like de internet.
Cierren la app, apaguen la pantalla y vivan tranquilos, que la vida real no lleva filtro… y dura bastante más que una historia de veinticuatro horas.