(me lo contó el hijo de Celestino)
El sol soplaba fuego sobre los rieles de Ceres. Un calor denso, el ruido ensordecedor de chicharras enloquecidas y la tierra reseca convertían la estación en un horno a cielo abierto. La mole de hierro llegó resoplando como un monstruo agonizante, el tren al que todos llamaban El Tucumano: una vieja locomotora a vapor del Central Argentino que avanzaba desde el norte hacia Rosario. El aire olía a hollín, a grasa quemada y al tufo pesado del petróleo crudo que alimentaba sus entrañas. Tuvo que parar obligada a tragar litros y litros de agua frente a la manguera del tanque elevado para no reventar en el intento.
Por aquellos años de esplendor, el Bar Avenida era el corazón palpitante de Ceres. Funcionaba las 24 horas, de lunes a lunes, atendiendo un desfiladero incesante de viajeros, peones y comerciantes. Todo llegaba en tren: los insumos, las novedades y los artistas para las fiestas que allí se organizaban. Pero también era la oficina de medio pueblo: abogados, escribanos y vendedores ocupaban las mesas de madera para cerrar tratos, mientras desde la cocina salían las bandejas con desayunos destinados a los bancos, el correo y las empresas de la zona. Detrás del mostrador, controlando las cuentas y coordinando a los mozos, estaba un empleado sordomudo; un testigo silencioso que, sin decir una palabra, conocía absolutamente todos los secretos y chismes que circulaban por el salón.
Entre ese trajín continuo trabajaba Celestino. Desde los ocho años, el chico se abría paso entre las mesas ayudando a lavar, limpiar y dar una mano en la cocina; para él, esas chirolas significaban llevar comida a casa.
Los pasajeros bajaron agobiados por el calor abrasador. Entre ellos iba un hombre cansado, con el rostro curtido por la cosecha y la venta reciente de su campo. Entró al Avenida, a dos cuadras de la estación, buscando el alivio de un ventilador de techo que apenas lograba mover el aire espeso. Se quitó el saco cruzado, de dril pesado e incómodo, y lo colgó en el perchero de madera oscura que descansaba contra la pared de ladrillo visto. Pidió una cerveza especial y, distraído por el barullo de la máquina y el calor pesado, bebió rápido antes de que el silbato de vapor llamara a embarcar de nuevo. Corrió hacia el vagón.
No fue hasta que las ruedas comenzaron a cantar su ritmo metálico camino a Rosario que se llevó la mano al pecho. El saco. Había dejado el saco colgado. Pero no era la prenda lo que le oprimía el corazón: cosido entre la tela gruesa y el forro falso, llevaba todo el dinero de la venta del campo, fajos enteros apretados con alambre que representaban el sudor de una vida. La desesperación le golpeó las sienes con el impulso del vapor. En el vagón, la conmoción lo derribó en una secuencia de infartos fulminantes. Apenas le alcanzó el aliento final para balbucear a su joven hijo la verdad que quemaba más que el verano: "El saco... en Ceres... en el bar a dos cuadras de la estación..."
Pasaron los años. El tren a vapor pasó a ser un recuerdo lejano, sustituido por las máquinas diésel, pero el perchero del Avenida conservó el saco intacto. Nadie lo movió. La gente del bar, con esa ética incorruptible del interior donde lo ajeno no se toca, lo dejó colgado esperando que el viajero distraído volviera a buscarlo.
Algún tiempo después, un muchacho de hombros anchos y mirada nostálgica atravesó la puerta del bar. Explicó quién era, contó la tragedia del padre en aquel viaje a Rosario y señaló la prenda gastada por el polvo. Ante la mirada atónita de los presentes y del propio Celestino, el hijo descosió con una navaja el contrafondo del forro. Los fajos de billetes aparecieron ahí, intactos, ordenados y secos.
Abrumado por la gratitud, el joven quiso repartir una parte de esa pequeña fortuna entre la gente del bar, pero se negaron rotundamente con la nobleza de la época: "Acá no cobramos por cuidar lo que no es nuestro". El muchachos solo pudo estrechar las manos de aquellos hombres antes de salir a la calle donde el calor de Ceres seguía picando, pero el aire, de pronto, se sentía mucho más limpio.
Hoy el Bar Avenida sigue en pie en Ceres. Es un espacio más pequeño, de ritmo pausado y poco movimiento en comparación con el bullicio de aquellas 24 horas continuas de los años cuarenta. Sin embargo, en sus paredes aún habita el recuerdo de Celestino, la mirada atenta del encargado sordomudo y la memoria de una época donde la honestidad era la regla.