Desde una sala de hospital...
Reflexiones sobre la fragilidad de cuidar
El tiempo adentro de estas paredes tiene otra densidad. No se mide en horas, sino en respiraciones, en silencios demasiado largos y en el eco de un teléfono que todavía me resuena en la cabeza como una alarma que nunca termina de apagarse. Desde aquel viernes, el mundo de afuera se volvió una ficción lejana; la única realidad que me queda es este cuarto, esta quietud suspendida y la urgencia de sostener lo que parece desarmarse entre las manos.
Escribir siempre fue mi forma de ordenar el caos, de encontrarle un cauce a los paisajes de la memoria. Pero acá adentro, las palabras se me quedan cortas, se vuelven torpes. ¿Cómo se narra la impotencia? ¿Cómo se describe el oficio de ser un dique que intenta contener un río desbordado, sabiendo que uno también está hecho de grietas?