El vapor del mate se mezclaba con la luz mansa de la tarde en su cocina. Mi tía, con sus noventa años a cuestas y la lucidez de quien ha guardado cada recuerdo en un cofre de seda, me miró por encima del borde del mate. Hablábamos de lo que falta, de lo que el tiempo nos quitó o, mejor dicho, de lo que nunca nos dio.