El vapor del mate se mezclaba con la luz mansa de la tarde en su cocina. Mi tía, con sus noventa años a cuestas y la lucidez de quien ha guardado cada recuerdo en un cofre de seda, me miró por encima del borde del mate. Hablábamos de lo que falta, de lo que el tiempo nos quitó o, mejor dicho, de lo que nunca nos dio.
-Yo sé... -suspiró ella, y su voz pareció viajar por un túnel de décadas- Yo solo sé cuántas cosas me hubiera gustado tener. -y continuó- Las Navidades pasaban de largo por el calendario sin dejar más rastro que el de una fe inquebrantable. En aquel rancho de nueve hermanos, el pesebre no era un adorno, sino el espejo de nuestras propias vidas: sabíamos que el Salvador había nacido en la pobreza, y en ese saber encontrábamos nuestro único consuelo. No había esperanzas de juguetes ni de cintas de colores; la sola idea de un regalo era un lujo que no cabía bajo nuestro techo de paja. Nos mirábamos a las caras, agradecidos simplemente por el aroma del pan casero o por ese plato de comida que, por milagro de Dios, nunca faltaba en la mesa. Sabíamos que los Reyes y el niñito no se detenían en el barro de aquella colonia, pero nos quedaba la alegría mansa de rezar juntos, sintiendo que, aunque nuestras manos estuvieran vacías de objetos, nuestras almas estaban llenas de esa esperanza que solo conocen los que no tienen nada.
Pero, aunque los juguetes no llegaban, el aire de esas fechas se llenaba de un aroma que todavía hoy me hace cerrar los ojos: el del pan dulce amasado a pulmón por mamá y mi hermana mayor. Las veía en el amasadero, con los brazos enharinados y una paciencia santa, preparando la masa que luego el horno casero doraba con su calor de leña. Aquello, para nosotros, era la verdadera riqueza. El pan dulce nunca faltó, como tampoco faltó el chocolate espeso, hecho con la leche pura, recién traída del tambo tras la ordeñada. ¡Te imaginas! -me decía con los ojos brillantes-, para nosotros eso era un fiestón, el banquete más grande que podíamos soñar.
Todavía me parece ver la escena: el humo del horno, el olor a dulce y a nosotros, los hermanos, esperando el milagro de ese sabor. Mi hermana mayor, que hacía de madre y de ángel guardián, nos obligaba a bañarnos a conciencia y nos ayudaba a ponernos lo mejorcito que teníamos. Con las pocas ropas que había, siempre limpias y remendadas, nos ponía lindos para la ocasión. No teníamos muñecas caras, ni trenes de madera, pero teníamos ese chocolate caliente entre las manos y la sensación de que, mientras estuviéramos juntos alrededor de ese pan dulce, no nos faltaba absolutamente nada.
Fue ahí cuando comencé a prestarle más atención a ellas: las muñecas. Esas figuras inalcanzables que veía en los escaparates de los pueblos o en manos de las hijas de los patrones.
Mientras yo la escuchaba, el pueblo moderno desapareció y nos fuimos juntos a 1945, a una chacra perdida en su Esperanza natal, donde el hambre se combatía con trabajo y los juguetes eran milagros de barro y paja.
En aquel entonces, la guerra en Europa estaba terminando, pero en el campo la única batalla era la de la supervivencia. Mi tía no tenía una muñeca nueva; tenía una herencia. Era una criatura extraña que había pasado por las manos de sus hermanas mayores: una cabecita de porcelana fría y blanca, un resto de elegancia náufraga en un cuerpo de tela tosca relleno de paja.
-Pobre - decía mi tía con una sonrisa que le ilumina las arrugas-, tenía más remiendos que ropa, pero yo la adoraba. Si todavía parece que la veo...
Para ella, esa muñeca no era un objeto viejo; era su lienzo. Mientras sus hermanas, con una destreza que hoy todavía asombra, hundían las manos en el barro del bajo para moldear caballos de arcilla tan reales que parecían relinchar, usando crines y pelos que recolectaban de los alambrados, mi tía se dedicaba a la alta costura de la escasez propia de aquellas épocas.
El ritual empezaba en la siesta. Cuando el silencio se adueñaba de la casa y los mayores caían rendidos después de la ordeña en el tambo y el trabajo pesado en la tierra, ella se escapaba.
Su taller era un galpón de herramientas, un lugar con olor a alfalfa seca y cuero viejo. Allí descansaba la volanta, ese carro de ruedas altas que era el orgullo del transporte rural. Mi tía se subía al pescante, se sentaba como una reina en su trono de madera y sacaba sus tesoros: retazos de bolsas de harina.
Eran bolsas de tela resistente, decoradas con modestos estampados floreados. De ahí salían los vestidos para ella y también para su muñeca. Con una aguja que manejaba con la precisión de un cirujano, transformaba el envase del pan en el vestido de una princesa de campo. Pasaba horas allí, en ese universo de hilos y paja, antes de que el sol bajara y el deber llamara de nuevo.
A las cuatro de la tarde, el sueño terminaba. Había que volver al barro. La familia, un ejército de nueve hermanos, se desplegaba por el campo. No había lugar para el cansancio.
- Ayudábamos a atender el tambo, donde la leche era nuestro principal sustento, la huerta que nos daba las verduras que luego se vendían en el pueblo, y el corral con los chivos, las ovejas y los patos. Teníamos de los criollos- me contaba- y siriacos que mi padre "robaba" los huevos en los esteros, y los empollaban o nuestras patas o las gallinas- Y esto me recuerda la danza constante con la naturaleza salvaje.
-Éramos peones -me dijo orgullosa, cebando otro mate-, y si teníamos un plato de comida en la mesa, dábamos gracias. Pero cuando miro atrás, me veo ahí, en la volanta... con mi muñeca de paja y mi vestido de bolsa de harina.
Yo la miraba y entendía que su deseo por aquellas muñecas finas no era ambición, sino el hambre de belleza de una niña que, entre el barro y el trabajo duro, se las ingenió para coser el traje de su propia felicidad.
-Éramos pobres, sí - concluyó ella, dejando el mate sobre la mesa con una parsimonia que parecía detener el tiempo-, pero teníamos el cielo.
Al decir eso, sus ojos se perdieron en el ventanal, buscando quizás aquel horizonte de la infancia. Entendí entonces que "tener el cielo" era su forma de decir que, aunque las paredes fueran de adobe y el calzado escaseara, la inmensidad no tenía dueño. Tenían el cielo porque sus noches no sabían de luces de ciudad, sino de estrellas que guiaban los rezos; tenían el cielo porque en la libertad de los esteros, buscando huevos de pata o moldeando caballos de barro, no había patrón que les mandara sobre la imaginación.
El cielo era su patio, su refugio y su promesa. Era el lugar de donde venía la lluvia para la huerta y hacia donde subían sus oraciones de Navidad. Para mi tía, la pobreza no era una falta de cosas, sino una forma de vivir despojada, donde la falta de una muñeca de lujo se compensaba con la posesión absoluta del aire, del campo y de esa dignidad que solo tienen los que saben que, bajo el sol, todos somos iguales. Ella no echaba de menos lo que no tuvo; celebraba la inmensa fortuna de haber crecido en un mundo donde, a falta de juguetes, el universo entero era suyo.
Me di cuenta de que su nostalgia no tenía amargura; era una nostalgia limpia, de quien ha perdonado a la vida por sus ausencias. El cuento de las muñecas que no tuvo se convirtió, de pronto, en la lección más grande de mis propios años. Ella no guardaba el recuerdo de lo que no recibió, sino la gratitud de haber aprendido a valorar un plato de comida y el milagro de un pesebre. Al final, los regalos que no llegaron la convirtieron en la mujer que es hoy: alguien que no necesita porcelanas para brillar, porque aprendió a encontrar la luz en los remiendos.
Basado en los recuerdos de nuestra tía del corazón...Elvira.