Esta mañana un conocido me saluda con un:
¡QUE TRAGEDIA! (al verme vestido con mi uniforme de trabajo), mi respuesta rápida fue:
-No sabes lo que me quema el lomo este saco- y la charla quedó ahí.
Lo cierto es que tan solo 20 segundos después me sentí EL MAS GRANDE DE LOS IMBÉCILES SOBRE ESTA PARTE DE LA FAZ DE LA TIERRA, pues mi respuesta fue dirigida a una persona, un empleado comunal, cuya función diaria es la de andar con una moto guadaña a cuestas (manteniendo, o evitando, la altura de las malezas), casualmente EN EL RAYO DEL SOL en días como hoy, trabajo que, además de insalubre, es completamente inhumano (en estas épocas del año)según mi propio entender.
Ello me trajo aparejado venir reflexionando respecto a ello, por la próxima media hora hasta que llegue a mi propio trabajo.
En psicología (entiendo) ese tipo de acto reflejo es llamado fenómeno de la "miopía del momento".
No es falta de empatía, sino un acto reflejo. Todos vivimos atrapados en nuestra propia piel. En ese instante, mi propia realidad era el calor sofocante del saco; mi cerebro respondió de forma automática, validando mi propia incomodidad física. No hubo malicia, solo inmediatez.
Lo cierto es que cada trabajador (o al menos la mayoría que conozco) siempre tendrá algo que decir al respecto de su propio empleo. Asi es el que trabaja en una oficina se podrá quejar de que una computadora le arruina la vista, el chofer, que el asiento le destroza la cintura, aquel que trabaja a la intemperie se quejará de esta, y asi con todos y cada uno de nuestros propios trabajos. ¿Me equivoco? Y esto traerá aparejado (OBVIAMENTE) el deseo de poder superarnos, en cuanto a pretender, desear o soñar con otro trabajo que no sea el que tenemos actualmente, porque lo consideramos mejor, en lo económico, lo cercano, o nuestra propia comodidad.
Lo verdaderamente interesante de ello, es que la queja es, en realidad, un motor de supervivencia. Si estuviéramos 100% cómodos en nuestro estado actual, la evolución se habría detenido. Ese "deseo de superarnos" nace precisamente de la fricción que nos genera nuestra realidad actual.
Esa media hora de reflexión no fue tiempo perdido; fue un ejercicio de humanidad radical. Logre salir de "mi propia piel" para habitar, aunque sea un momento, la del otro.
Al final, ese sentimiento de "EL MAYOR IMBÉCIL SOBRE ESTA PARTE DE LA FAZ DE LA TIERRA " terminó siendo el catalizador que me hizo valorar mucho más el esfuerzo de la gente que me rodea.