viernes, 9 de enero de 2026

Memorias de antiguas yerras...

 Todavía no clareaba del todo cuando el campo empezaba a desperezarse. El fresco de la mañana se metía por entre las mangas cortas y uno aprendía temprano a no quejarse. Yo andaba chico, con las rodillas raspadas de tanto chivear y el pelo revuelto, mirando a los grandes como si supieran secretos importantes que no estaban hechos para mí. El olor a bosta fresca y a pasto húmedo era parte del aire, como si siempre hubiera estado ahí.

Los hombres hablaban poco y en firme, cebando mates que iban y venían sin preguntar. El hierro de la marca, calentándose, largaba ese resuello seco que a mí me daba un poco de miedo y de curiosidad al mismo tiempo. La novillada se apretaba contra el alambrado, como sabiendo que algo estaba por pasar, y los perros corrían nerviosos, atentos a cualquier orden que nunca llegaba, ni para ellos ni para mí.

El pato grazna, el vacuno muge, el perro ladra, y el tero grita… pero no cualquier grito. El tero pega el alarido, lanza el aviso. Ese grito rompía el silencio del campo abierto, mientras el sol, de a poco, iba ganando la pulseada al frío. Yo me sentaba en un poste caído, jugando con una ramita, creyendo que estaba al margen, pero siendo parte de todo.

Al mediodía el cansancio ya se notaba en las espaldas, y en la sombra corta de un árbol se compartían el pan, las criadillas, algún chorizo seco y las risas. Para mí era una fiesta callada, sin música ni aplausos, pero con una sensación rara de pertenecer. Nadie decía nada importante en apariencia, pero en ese silencio algo quedaba, como queda el olor del humo en la ropa, y recién muchos años después, tiene sentido.

Hoy, tantos años después, cuando el recuerdo vuelve, no sé si extraño el lugar o el tiempo. Sé que, en esos pagos, en aquel pueblo medio perdido, quedó ese chico mirando, aprendiendo sin darse cuenta, guardando escenas que recién ahora, de grande, puede nombrar.