La niña tenía ocho años cuando aprendió que el silencio del campo es una mentira. Es un velo que oculta el trabajo de la muerte. Bajo esa calma aparente, las mandíbulas de las hormigas cortadoras trituran las hojas, las víboras desplazan su peso muerto sobre la hojarasca y el calor agrieta la tierra con un crujido imperceptible. El campo nunca calla; solo espera.
Su padre, un hombre curtido por el sol paraguayo, no contaba historias para entretener: dictaba leyes de supervivencia:
- Al Pombero no se lo busca y, sobre todo, no se le contesta el silbido-, decía, mientras el humo de su cigarro se perdía en la penumbra de la galería. Él sabía que cuando la selva se queda muda de golpe, no es por paz, sino por miedo.
Detrás de la casa, el horno de barro se erigía como una cabeza decapitada y seca. Era un domo macizo, una presencia de tierra cocida que guardaba un secreto oscuro en su vientre vacío. Para la niña, su hermana y la vecina, el horno no era una herramienta de cocina, sino una cueva de vigilia.
Una tarde de calor denso, de esas donde el aire parece de plomo, las tres se acercaron al fondo del patio. El monte cercano vibraba con el chirrido de las chicharras, un ruido eléctrico que llenaba el espacio entre los árboles. No había rastro de brisa. De repente, como si una mano invisible hubiera apretado un cuello, el estruendo cesó. Las chicharras enmudecieron. Los pájaros se hundieron en el follaje.
El silencio se volvió sólido, pesado como el barro del horno.
-Está ahí dentro - susurró la hermana, señalando la boca negra de la construcción-. Se siente el olor.
La mayor de las tres no dijo nada. Se acercó un paso más. El vaho que salía del agujero no era de pan, ni de leña quemada. Era un olor animal, a maleza podrida y a tabaco viejo masticado. La niña se detuvo a un metro. Sus ojos intentaron perforar la negrura del domo, pero la sombra allí dentro era absoluta, una mancha de noche en pleno día.
Entonces ocurrió.
Desde el fondo oscuro del horno, emergió un silbido. No fue un sonido de la naturaleza. Era un tono fino, modulado con una intención humana, una nota larga que vibró en el aire estancado y pareció trepar por los tobillos de las niñas. Tenía la cadencia de una burla.
La niña sintió que la sangre se le retiraba del rostro. El corazón, en un espasmo, golpeó contra sus costillas. Las otras dos retrocedieron, pero ella quedó anclada al suelo de tierra batida. El silbido se repitió, más corto esta vez, con un matiz de impaciencia. Era una invitación a la que no se podía renunciar sin pagar un precio.
- ¡Vámonos! -gritó la vecina, rompiendo el hechizo.
Corrieron hacia la casa. Sus pies golpeaban la tierra seca con un ruido sordo que les parecía ensordecedor en medio de aquel vacío. Entraron tropezando a la galería, buscando el amparo de los adultos. El padre las miró desde su silla; sus ojos, expertos en leer el rastro del miedo, se detuvieron en su hija mayor. Vio sus dedos entumecidos y la palidez de cera en su cuello. No preguntó nada. Se limitó a escupir a un costado y a apretar el puño sobre el brazo de la silla de mimbre.
Esa noche, el calor no bajó. Nahir permaneció despierta, escuchando el latido de sus propios oídos. A través de la ventana, en la negrura del patio, el horno de barro permanecía mudo. Pero algo había cambiado. El silbido se le había alojado detrás de los tímpanos como una astilla.
Comprendió que ya no estaba sola. Que, si alguna vez se atrevía a emitir una sola nota al aire en la oscuridad, el horno, desde su fondo de sombras, le respondería de inmediato con el mismo tono de aquel que la había marcado para siempre.