Dicen que regar las plantas es el mejor ansiolítico.
Conectar con la naturaleza, acariciar las flores con la fina lluvia desprendida
por la manguera, ver el brillo de los pétalos y llenarse los pulmones con ese
olor a tierra mojada. Una
verdadera maravilla de la creación.
Siempre sostuve que ponerse a regar no es solo una tarea necesaria para la supervivencia del jardín; es, por sobre todas las cosas, un acto profundamente terapéutico. Hay algo de místico en ese momento en el que uno decide detener el reloj del mundo para conectar con lo elemental.
No se trata solo de tirar agua. Es un ritual.
Empieza cuando el chorro fino golpea el sustrato seco y aparece ese aroma
inconfundible (el famoso petricor) que parece viajar directo a la
memoria más antigua del cuerpo. El sonido rítmico del agua, la frescura que
sube desde el suelo, la sensación de que el aire se oxigena de golpe, como si
el jardín entero exhalara un suspiro de alivio.
Uno se sorprende observando detalles que normalmente
pasan desapercibidos. La firmeza de cada pecíolo, esa pequeña pieza de
ingeniería natural que orienta la hoja hacia la luz. La delicadeza de los pétalos,
esas láminas de color que parecen hechas de una seda viva. El agua deslizándose
por las nervaduras como si recorriera un mapa secreto. Regar es presencia
absoluta: estar ahí, manguera en mano, viendo cómo cada célula vegetal se
expande, agradecida por el gesto.
Paciencia en estado puro. Aprender los tiempos de la naturaleza, que no corre,
pero nunca se detiene.
Es, sin dudas, el camino hacia la paz mental y el equilibrio emocional.
Igualmente…todo eso, no es para mí.
A los tres minutos me aburro soberanamente, con ganas
de revolear la manguera a la casa del vecino.
No tengo paciencia,
como sospecho ya se dieron cuenta.