Hacia fines del siglo XIX, lo que hoy conocemos como Villa Laura era un mapa de silencios. Allí donde la pampa empieza a ondularse para dejarse ganar por el Espinal, el paisaje era una red de ñandubayes retorcidos y espinillos que, en enero, perfumaban el aire con un aroma dulce y pesado. Eran los años en que el viejo mundo de los gauchos empezaba a deshilacharse: el monte, antes infinito, se rendía ante el avance del alambrado, y el silencio de siglos comenzaba a ser herido por el silbato lejano de la locomotora.
En una de esas suertes de campo, lejos del rastro de la Estación Constituyentes, se había asentado una pareja de correntinos. Eran gente de hacha y silencio, curtidos por el sol, que solo se dejaban ver cuando el carro los arrastraba hasta el Almacén de Ramos Generales. Llegaban, cargaban la yerba, los víveres y el vicio, y se volvían al monte sin soltar más palabras que algún "buen día" seco.
La tragedia no avisó con nubes negras, sino con el trote de un pinto chapeado. Un atardecer, mientras los ñandúes buscaban refugio entre los pastizales altos, un desconocido cruzó el paraje preguntando por ellos. Era un paraguayo acriollado, de esos que llevan la plata en el pretal y el misterio en los ojos. Antes de que el primer rastro de polvo anunciara a aquel hombre, la zona era un dominio absoluto del sol. El paisaje no era una llanura limpia; era un entreverado de espinillos bajos y talas de troncos retorcidos que parecían pelearse por la poca agua del suelo gredoso.
En los lugares más abiertos, donde el pasto crecía alto y amarillento por la seca de enero, las tropillas de ñandúes se movían con una elegancia nerviosa. De tanto en tanto, el silencio se rompía con el grito de un teruteru o el golpe seco de un pájaro carpintero en la madera de ley de un ñandubay. No había sombra que refrescara de verdad; el calor se sentía como una manta pesada que hacía vibrar el horizonte, borrando los límites entre la tierra y el cielo.
El Almacén de Ramos Generales era el único faro en ese mar de vegetación. Una construcción de ladrillo asentado en barro, con un palenque de madera dura al frente, donde el tiempo se medía por la llegada del tren a la estación vecina o por el movimiento de las sombras en la entrada.
Dentro del almacén, el aire olía a cuero, tabaco de cuerda y ginebra. Había un par de parroquianos acodados al mostrador de estaño, buscando refugio del "sol de los locos". Fue entonces cuando el silencio natural del paraje se quebró.
Primero fue un ritmo: el galope corto y seguro de un animal de raza. Después, el sonido del chapeado: un tintineo metálico, musical y constante, que solo producen las piezas de plata chocando entre sí.
Los hombres del almacén se miraron de reojo. En ese mapa de silencios, un ruido nuevo siempre era una advertencia.
Se asomaron por la puerta y lo vieron llegar. El paraguayo no venía en un matungo cualquiera; montaba un pinto (un caballo de pelaje manchado) que brillaba como si lo hubieran lustrado con aceite. Pero lo que encandilaba era el apero: el freno, el pretal y las cabezadas estaban cuajados en plata. Cada movimiento del animal arrancaba destellos que herían los ojos.
El hombre desmontó con la parsimonia de quien sabe que lo están mirando. Era menudo pero fibroso, con la piel curtida como un tiento. No traía la ropa rota del colono, sino un aire de "acriollado" impecable. Ató el pinto al palenque de ñandubay, se sacudió el polvo del camino con un rebenque de cabo labrado y entró al almacén.
-Buenas tardes - dijo apenas, con ese tono arrastrado de la zona guaraní.
El pulpero, un hombre de bigotes canos y delantal manchado, asintió con la cabeza mientras le pasaba un trapo al mostrador de estaño. Los dos paisanos que estaban en la punta, sentados sobre unas bolsas de arpillera, dejaron de hablar y lo midieron de arriba abajo: el lujo de la plata en el tirador y el cabo del facón no cuadraba con un simple viajero.
- Buenas —respondió el pulpero—. ¿Va a servirse algo?
- Un trago de caña, si es tan amable. Y un poco de agua para el pinto, que el sol está bravo por el norte.
Se hizo un silencio largo. Solo se escuchaba el zumbido de unas moscas sobre una ristra de chorizos y, a lo lejos, el silbato de una locomotora que maniobraba saliendo de Paiva. El paraguayo tomó el trago de un sorbo, dejó la moneda sobre el estaño y, como quien no quiere la cosa, soltó el anzuelo:
-Me han dicho que por estos pagos anda establecida una gente de apellido Vallejos... Me encargaron un recado para el hombre por una venta de cueros allá en el pago de los Arroyos.
- ¿Los correntinos? —dijo uno de los paisanos, escupiendo de costado—. Sí, tienen la ranchada un par de leguas hacia el poniente, donde el monte de ñandubay se pone más cerrado. Pero son gente de poco trato, vea. No espere que lo reciban con el mate listo.
-No hay cuidao -respondió el recién llegado con una sonrisa que no le llegaba a los ojos- El patrón solo quiere que le entregue la razón del negocio y sigo viaje.
Agradeció con un gesto corto, se calzó el sombrero y salió. Los hombres del almacén se quedaron mirándolo irse hacia el palenque.
-Ese no viene por cueros -masculló el pulpero mientras guardaba la moneda-. Mucha plata en ese apero para andar cobrando recados.
Un escalofrío recorrió a los presentes, más fuerte que el calor de la siesta. Le habían indicado la dirección hacia la zona de transición, allí donde el monte se cerraba más y se volvía una trampa de espinas. El paraguayo agradeció con un toque de ala de su sombrero, montó su pinto y se perdió en el resplandor del mediodía, dejando tras de sí solo el aroma del sudor del caballo y el eco de su plata tintineando hacia la tragedia.
Pasó el tiempo. El sol de Santa Fe siguió rajando la tierra y el tren seguía pasando por la estación, ajeno a lo que el monte callaba. Pero el silencio en la ranchada de los correntinos se volvió demasiado espeso. Fue quizás el "turquito" mercachifle en su recorrida, o algún paisano que andaba bolaceando tras un rastro de guazuncho, quien se arrimó a la tapera buscando sombra.
Lo que encontró fue un cuadro dantesco que el tiempo no ha podido borrar de la memoria del pueblo: Bajo la sombra de un tala, el patrón y el forastero yacían muertos, uno frente al otro, en un abrazo de acero y sangre que no dejó ganadores. Un poco más allá, el horror final: la mujer, el "querer" disputado, se había entregado a la muerte colgándose de una rama de ñandubay, dejando que el viento del norte balanceara su pena.
La policía de la época, que llegó después a lomo de mula, cerró el acta con la frialdad de los papeles: crimen pasional. El paraguayo había venido a reclamar un amor que el correntino le había arrebatado.
Pero el monte no olvida. Con los años, el rancho se volvió tapera y la tapera se volvió leyenda. Dicen los que hoy pasan por el lugar, que los caballos todavía huelen la muerte y se plantan, negándose a cruzar cerca de esos restos de adobe. Dicen que, en las noches cerradas, cuando el viento silba entre los espinillos, se escuchan gritos que no son de pájaros, sino el eco de aquel drama de 1890 que la tierra se negó a tragar.
