Hay días en los que me siento como un eco distante, repitiendo palabras que ya nadie escucha. O, peor aún, como si estuviera escribiendo cartas a un universo vacío, que ya no sabe cómo recibirlas. No quiero sonar pesimista, ni mucho menos, pero la realidad es la que es. Y la verdad, aunque intento darle vuelta, me golpea de frente cada vez que me siento frente a esta pantalla: las palabras se van evaporando, como si nunca hubieran existido. No es que haya dejado de escribir, no. Lo hago todos los días. Pero últimamente, no encuentro la misma fuerza ni el mismo calor en ello.