(O el catálogo inevitable del bochorno cariñoso)
Hay un misterio ontológico que la ciencia aún no ha logrado descifrar del todo: ¿cómo un sujeto adulto, instruido, capaz de pagar sus impuestos, votar con criterio y redactar correos electrónicos con sujeto y predicado, es capaz de reducir su léxico a un balbuceo simio en cuanto se enamora?