¡Qué feliz que estoy! Llega la primavera... las flores, los pajaritos que cantan (la vieja que se levanta... ¡ah, no, me fui al carajo!).
Lo cierto es que anoche me había preparado el táper con las milangas, las papas con mayonesa y perejil, los pororós salados y dulces, las Vocación, y en el termo una botella enterita de Tab... todo metido en el canasto de mimbre, listo el pollo pa' irme de pícnic.
Casi no dormí en toda la noche. Mitad por los nervios, mitad por los pelotudos que aprovechaban la madrugada para hacer picadas con escape libre.
Cuando sonó el despertador me tendría que haber dado cuenta de que algo andaba mal: yo no había puesto el despertador a las seis... Es más, ni siquiera lo había puesto.
Como la noche anterior me olvidé de tomar el antihistamínico, de entrada me levanté todo congestionado, con moco, el cuerpo pesado... Un desastre, bah.
A eso de las nueve (y después de tres horas de espera) pasaron los vagos a buscarme en la camioneta: —¡Daaale, gordo, subite atrás que nos vamos! Daaale que está por llover... —Che... ¿y no entro ahí adelante? —¡Daale, dejá de mariconear y subite!
Y llovió nomás. Fuerte, mucho y tupido.
Al rato salió el sol, fuertecito también. ¡Nos estábamos haciendo puchero, nos estábamos!
Así que cuando llegamos al parque estaba todo mojado. Para colmo, cuando me quiero bajar piso un charco y me meto un golpazo de la puta madre. Mojado y embarrado (a esa altura era el hazmerreír de quichicientas mil personas) fui a buscar con la vista un lugar donde dejar caer mi humanidad... y lo encontré.
Dejé las cosas por ahí y me fui al biorsi a sacarme un poco de barro: treinta y cinco minutos parado haciendo cola para ocupar un puto baño puerco, lleno de bosta, piso mojado de pis y sin agua...
Cuando al fin salí me di cuenta de por qué estaba libre ese lugar en particular: millones de hormigas disfrutaban de un pícnic singular con lo que habíamos llevado. Para cuando reaccioné, lo único que me quedaban eran las papas. Y no hay que ser muy científico para darse cuenta de que, después de toda la noche en el táper tapado y toda la mañana al rayo del sol, la mayonesa estaba rancia.
Ok... no soy científico, ¿y qué? No más de media hora más tarde me cagaba de parado. Al cuadro del baño había que sumarle los vómitos de los mamados que a esa hora eran multitud.
El Caladril y el Off habían dejado de surtir efecto: los mosquitos ya no me picaban, me masticaban.
Los mamados andaban por doquier, a las piñas y botellazos. La cana arremetía con los caballos al machungo y cobrábamos todos. Para rematarla, un infeliz habló y gritó toda la tarde desde el escenario con el micrófono y, además de aturdido, no le entendí un sorete de lo que mierda dijo en todo el día.
Ya al final, cuando nos queríamos ir —con el culo como un lanzallamas de tanto cagar, aturdido por los parlantes, afiebrado, con la cara hinchada por la alergia al puto polen, masticado por los mosquitos, mordido por las hormigas, atropellado por los caballos y cagado por un pájaro (eso también me olvidé de contarles)—, fuimos a buscar la camioneta y descubrimos que alguien la había rayado de punta a punta.
Saliendo marcha atrás le pegamos a un Golcito del que se bajaron siete gorutas que nos terminaron de moler a palos. Y para colmo de males, no nos pudimos ir por un buen rato porque un par de mamados se habían pegado un palo justo en la única entrada del parque.
Así que al próximo que me diga «¡Feliz día de la primavera!»... lo recontra cago a trompadas.