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lunes, 19 de octubre de 2026

40 minutos...

 

La humedad del Paraná no te avisa, se te mete por la boca cuando respirás y te va enfriando el esternón de a poco, como una cucharada de helado de invierno.

A las siete de la tarde en Santa Fe, la noche ya es una chapa negra clavada sobre el cielo. Marcos se acomodó la campera de abrigo, una gris, gastada en los puños, y sopló sobre los nudillos antes de cerrar la planilla de Excel. No era tipo de quedarse a hacer horas extras, pero le habían tirado encima las liquidaciones complementarias y sabía que, si las dejaba para el otro día, la mañana le iba a pasar por encima.

Eran casi las nueve y media cuando apagó la computadora de uno de los pisos altos del edificio municipal. Las luces del pasillo ya estaban a medio encender, con ese zumbido medio eléctrico que tienen las reparticiones públicas a la noche. Miró la pantalla del teléfono: un Motorola atado con alambre, de los que todavía guardaban la tapa trasera pegajosa de tanto uso.

Le escribió a Vanesa. Usaba los pulgares despacio, como quien tipea una carta formal.

«No me esperes para comer que estoy demorado.»

Al minuto iluminó la pantalla la respuesta, casi automática.

«Despreocupate, ni pensé que comer todavía, te espero igual.¿Estás bien?»

«Sí, me duele un poco la cabeza nomás. EY.... Nunca olvides que te amo.»

Guardó el teléfono en el bolsillo de la campera, sintiendo la moneda redonda del peso que le sobraba siempre en el fondo de la tela. Para no llegar con las manos vacías —un gesto viejo, masticado durante quince años de matrimonio—, dobló por la salida hacia el boulevard y paró en la YPF.

El olor a nafta fría y a gasoil recién quemado envolvía la playa. Cargó el tanque. El surtidor cantó dieciocho pesos el litro, una suma que pagó con un billete de cien arrugado que sacó de la billetera. Entró al shop dando taconazos para despegar el barro seco de los zapatos. Se compró una Coca Zero en botella de vidrio —la chiquita, la que venía bien helada para espantar el cabeceo del cansancio— y un chocolate Águila, el del envoltorio rosa y dorado, porque sabía que a ella le gustaba comer un cuadradito antes de dormirse.

Metió el ticket arrugado en el mismo bolsillo donde guardaba el celular y arrancó.

La Ruta 2 hacia Arroyo Aguiar es una boca de lobo cuando se termina el mapa urbano. Treinta minutos si la ruta está tranquila, si no hay tractores ni camionetas sin luces traseras. Todo era oscuridad. Las luces altas del auto apenas cortaban una tajada de asfalto gris, flanqueado por los yuyales crecidos y el alambre de los campos dormidos.

A la altura del kilómetro 18, vio la luz.

Al principio pensó en un acoplado con la franja reflectante sucia, o un camión leñero que venía encandilando sin asco de frente. Le hizo dos guiños rápidos de luces altas. Cambió a bajas. Hizo seña de nuevo.

La luz no bajó. Al contrario. Se ensanchó.

No era una luz amarilla de foco quemado; era un resplandor blanco, seco, parecido al destello de una soldadura autógena, pero sin chispas. Ocupó todo el parabrisas. Marcos tuvo que soltar el volante con la mano derecha para taparse los ojos, frunciendo la cara contra el reflejo que le traspasaba los párpados. En el estéreo, la cumbia que venía canturreando por lo bajo se cortó de golpe. Hubo un chasquido estático, y en su lugar entró un rumor de voces entrecortadas, raras, como si alguien estuviera pasando el dial a toda velocidad.

No le dio bola. Redujo la marcha, apretó los dientes y esperó a que el camión o lo que fuera terminara de pasar. En tres segundos, la sombra volvió a tragar la ruta.

Sopló fuerte por la boca, sintiendo el corazón pataleándole en el cuello. —Qué pedazo de hijo de puta —murmuró.

Siguió manejando. Cuando cruzó el cartel de entrada a Arroyo Aguiar, desaceleró por la entrada principal. Había algo raro en el aire. La luz de mercurio de las esquinas parecía más clara, menos anaranjada que de costumbre. Se fijó en las fachadas de las casas bajas: la del taller de Charly estaba pintada de un azul chillón, impensable, un color que juraría que ayer no estaba. "Le dio duro el fin de semana este loco", pensó, agarrando la botella de Coca que se deslizaba del asiento del acompañante.

Dobló en su cuadra. Apagó las luces antes de maniobrar para meter el auto en la entrada de entrada redonda.

Se bajó del auto con el chocolate en la mano izquierda y la botella en la derecha. Hacía un frío malparido.

Miró el jardín de entrada y se detuvo con un pie en el aire.

Hace cuatro o cinco días, el sábado a la tarde mientras tomaban unos mates al sol de invierno, con Vane habían plantado un pinito chiquito. Un retoño flaco, sostenido por dos tutores de madera y con la tierra negra todavía mullida, recién removida.

En lugar del pino flaco, había un pino enorme. Un pino de tronco grueso, seco, áspero, con ramas pesadas que cubrían la mitad del techo y tapaban la ventana de la sala. La tierra de abajo era un colchón de pinochas secas, duro, asentado por años de lluvia y sol.

Marcos se quedó mirando el árbol. Parpadeó dos veces. Se tocó el mentón.

El perro de la vecina, un cusco insoportable que le toreaba apenas pisaba la vereda, no ladró.

Subió los tres escalones de la entrada, sacó el manojo de llaves y buscó la dorada, la de la cerradura Trabex. La metió. No entró. La llave chocaba contra un tope de bronce gastado, como si le hubieran dejado otra llave por dentro.

Le dio dos golpes secos a la madera.

 —Amor... Che, Vane, abrime que no entra la llave.

Nada. Volvió a golpear, más fuerte.

La puerta se abrió despacio. No era Vanesa.

Era una piba. Tenía un buzo gigante con capucha, unos auriculares colgados del cuello y la cara cruzada por un gesto de bronca interrumpida. Veinte años, como mucho.

—¿Qué quiere? —preguntó, mirando el paquete de chocolate en la mano de Marcos.

—No.… perdón —Marcos dio un paso atrás, desorientado—Yo vivo acá. ¿Usted quién es?

La piba resopló, apoyándose contra el marco. —Yo soy la inquilina. Esta casa se alquila hace como ocho años, señor. ¿Buscás a los dueños? Hablá con la vecina de la esquina.

Marcos sintió un sudor frío, fino, chorreándole por la espalda a pesar del viento. —No, no.… esta es mi casa. Marcos. Marcos Ibáñez. Dejame pasar, por favor.

La chica no discutió. Se metió para adentro y cerró la puerta de un portazo seco. El volvió a golpear la puerta, esta vez con más fuerza, convencido se trataba de una mala broma.

A los tres minutos, Marcos vio las luces del auto de la policía a lo lejos.

El móvil policial de Arroyo Aguiar era una camioneta relativamente nueva, pero con la chapa golpeada en el paragolpes. Se bajaron dos pibes jóvenes, uniformados con el mimetizado nuevo de la provincia, mirándolo como se mira a un borracho persistente.

—Buenas noches, señor. Documento, por favor.

Marcos sacó la billetera de cuero marrón. Estaba helada. Entregó el DNI desgastado. Los dos policías se acercaron bajo la luz de la calle. Mismo domicilio: Calle San Martín 352, Arroyo Aguiar.

Uno de los pibes sacó un teléfono inteligente —un aparato de pantalla plana enorme que Marcos nunca había visto con ese diseño— y tecleó rápido. El policía miró la pantalla, miró a su compañero y le mostró la pantalla, después lo miró a él a los ojos. Había una mezcla rara de incredulidad y miedo en la cara del joven oficial.

—Señor... nos tiene que acompañar a la comisaría.

—Pará, flaco, ¿por qué? Si esta es mi casa. Salí a laburar a la mañana, me quedé haciendo unas planillas...

—Acompáñenos, por favor. Por favor —repitió— Sin hacer lío.

La comisaría de Arroyo Aguiar olía a mate cocido viejo, humedad de paredes no pintadas y gas de estufa. El oficial de guardia, un tipo grande, de unos cincuenta y pico, con el pelo gris corto y la panza que le tiraba del cinturón, levantó los ojos de la computadora cuando entraron.

El policía joven le pasó el DNI. El oficial tecleó. Miró la pantalla. Bajó los lentes de lectura hasta la punta de la nariz. Volvió a mirar a Marcos.

—Usted figura como persona buscada desde 2016 —dijo el oficial. Su voz era plana, sin agresión, casi exhausta.

Marcos dejó salir una carcajada corta, áspera, que se le secó en la garganta.

—No, no, es un error del sistema. Yo salí de Santa Fe hace cuarenta minutos. Mirá... acá tengo todo.

Metió las manos en los bolsillos del pantalón con desesperación. Sacó el ticket de la YPF, arrugado en una bolita; el chocolate Águila, todavía firme por el frío de la noche; y la botella media vacía de Coca Zero. La ropa olía al perfume que Vanesa le había regalado en su cumpleaños, ese de frasco azul. Tenía la misma barbilla de dos días sin afeitar.

El oficial giró el monitor de tubo o la pantalla plana —un monitor negro fino que no estaba ahí la última vez que Marcos vino a hacer una exposición civil— y se lo mostró.

En el ángulo superior derecho, en un azul chillón, la fecha decía: 19 DE OCTUBRE DE 2026.

Marcos miró los números. Pasó un dedo sobre la pantalla como si pudiera borrar la tinta digital.

—No.… no —susurró—. Cuarenta minutos. Cargué nafta a las nueve cuarenta.

El oficial le pidió el teléfono. Marcos le entregó el Motorola viejo. La batería estaba seca, muerta. El policía sacó un cargador con una ficha negra, una cosa rara con varios pines, y lo conectó a la pared. El teléfono tardó en reaccionar. De golpe, la pantalla se iluminó con el logo de la marca, una vibración pesada en la mesa de madera.

Arrancó la antena. Agarró el Wi-Fi abierto de la comisaría.

Y el teléfono explotó.

Tun. Tun. Tun-tun-tun-tun-tun.

Fue un alud. Las notificaciones empezaron a entrar como agua hirviendo sobre un frasco de vidrio. Cientos de mensajes acumulados, cadenas de texto rompiendo el silencio de diez años acumulados en la memoria del aparato. El teléfono se puso caliente como una plancha en el centro de la palma de Marcos. La pantalla se tildó, titilando entre globos verdes y blancos de mensajería.

Marcos leía con los ojos desorbitados, pasándose la mano por la cara.

Junio 2016:

Amor: Marcos, ¿dónde estás?

Fede: Tu señora está acá en la comisaría llorando.

Gringo: Amigo, contestá, estamos todos preocupados.

Jefe Pérez: Marcos, soy tu jefe, avisá por lo menos si te fuiste, no me dejes clavado con las planillas.

Julio 2016:

Gringo: Si te fuiste por tu cuenta decilo, no seas cagón.

Hermana: Dejá de hacerte el boludo, por lo menos decile a tu mujer.

Y después los de ella. Los mensajes que olían a llanto en la cocina, a tazas de té dejadas enfriar sobre la mesa de madera.

Amor: ¿Así me dejás? ¿Después de todo?

Amor: Decime que estás vivo nada más. Te juro que no te jodo más.

Agosto 2016:

Amor: Sos un hijo de puta, Marcos. Me dejaste con la casa a medio pagar.

Amor: Volvé, por favor, te perdono lo que sea, pero volvé.

Y después, a finales de 2017, la pantalla se volvió muda. La red le devolvió un último aviso del sistema, frío e impersonal, informando que esa versión del teléfono y su sistema operativo ya no eran compatibles con la aplicación. Ningún mensaje más pudo entrar. Ni una notificación, ni un aviso de entrega. El silencio absoluto de la resignación, decretado tanto por la tecnología como por la vida...

Marcos estaba transpirando. Gotas gruesas de sudor le caían por el cuello, mojándole el cuello de la camisa de trabajo.

—Yo le contesté —repetía, con la voz ahogada—. Yo le contesté hace cuarenta minutos. Le puse «nunca olvides que te amo» y vine para acá. Ciento ochenta pesos el litro... no, dieciocho pesos me cobró el pibe de la YPF... y jodimos con eso.

El comisario mayor suspiró largo, apoyando los codos sobre el escritorio.

—Cuando vos desapareciste, acá no encontramos nada, Marcos. Ni el auto, ni el cuerpo, ni una marca de frenada en la banquina de la 2. Nada. Tu mujer venía día por medio a putearnos. Decía que vos no eras de irte así, que no tenías a nadie. Pero pasaron los meses. Sin cuerpo y sin auto, la fiscalía cerró la causa y la archivó como abandono voluntario. Fuga del hogar.

El olor a gas quemado de la estufa de la comisaría era lo único que a Marcos le resultaba familiar. Todo lo demás crujía con una frialdad distinta.

El oficial de guardia, un tipo robusto llamado Benítez, no le quitaba los ojos de encima. Pero no lo miraba con violencia ni con la prepotencia típica de algunos que solo lo hacen porque portan uniforme. Lo miraba con la fascinación siniestra y el desconcierto de quien ve a un muerto levantarse de la tumba vistiendo la misma ropa con la que lo enterraron en los papeles.

—A ver, flaco... bajá un cambio —dijo Benítez, pasándose una mano gorda por la nuca rapada—. Decís que saliste de la municipalidad de Santa Fe a las nueve y media.

—A las nueve y veinticinco apagué la computadora —corrigió Marcos. Se le quebraba la voz, pero su mente se aferraba a la precisión de los minutos como quien se agarra de un tirante antes de caer al vacío—. Salí por la puerta de atrás. Hacía un frío de cagarse. Agarré la avenida, doblé en la YPF... Cargar nafta me llevó cinco minutos. Mirá el papel, por favor te lo pido, leelo.

Le empujó el ticket por el mostrador de madera gastada. El ticket de la YPF estaba blanco, apenas amarillo en los bordes, pero con las letras violetas de la impresora térmica intactas.

Benítez no tocó el papel. Se inclinó sobre el monitor de pantalla plana y tecleó. El sonido del teclado mecánico retumbaba en la oficina vacía como disparos secos.

—Marcos Daniel Ibáñez. DNI veintidós, ocho catorce... —recitó el policía en voz baja, leyendo la pantalla—. Causa caratulada: Averiguación de paradero / Fuga del hogar. Radicada en la Comisaría 21ª de Arroyo Aguiar el 16 de Junio de 2016. Archivo 409-B.

—¡Es un error de tipeo! —gritó Marcos, dando un golpe en el mostrador. La botella de Coca Zero en la mesa retumbó—. Pusieron 2026 en la máquina por error. Le erró el tipeador, flaco. Cambiaron el sistema y pusieron cualquier cosa. Mañana voy a la Municipalidad, hablo con Cómputos y te lo arreglo en dos minutos.

—No hay ningún error de tipeo, Ibáñez —intervino el policía más joven, el que lo había traído en el patrullero. Se había quedado apoyado contra el marco de la puerta, mirándole las manos a Marcos—. Mirá— dijo señalando a la mesa.

Marcos bajó la vista.

—Mirá el envoltorio del chocolate y la botella —dijo el pibe, apoyando las manos en la mesa—. Esa botella de Coca de 237 de vidrio con esa tapa de chapa se dejó de fabricar hace años. Ya no viene más así. Y el diseño del envoltorio del Águila rosa es el viejo, el que traía la receta del volcán de chocolate atrás. Vos no compraste esto hoy en ninguna YPF de la provincia, flaco. Esto estuvo guardado en el congelador del tiempo con vos. —dijo el pibe, con un hilo de voz helada—. Mi viejo estuvo en las cuadrillas de búsqueda cuando vos te fuiste. Yo tenía doce años. Me acuerdo de tu cara porque el afiche con tu foto estuvo pegado en la puerta de la cooperativa de agua durante cinco años, hasta que la humedad lo hizo mierda. Sos el mismo tipo de la foto. Ni una cana más. Ni un kilo menos.

El estómago de Marcos se volvió una piedra hirviendo.

Ahí fue donde empezó el quiebre. No fue una revelación mística ni un ataque de pánico violento; fue una grieta física, imperceptible y profunda, abriéndose en el centro de sus pensamientos.

Se miró las manos. Los nudillos tenían los mismos raspones pequeños que se había hecho tres días atrás cambiando el enchufe del lavarropas. Se tocó el cuello: la camisa de algodón azul olía al suavizante de manzana que Vanesa compraba en el supermercado chino nuevo de Monte Vera. Olía a su casa. Olía a la mañana de ese mismo martes. ¿Cómo carajo podía estar sucediendo una década allá afuera si su cuerpo estaba atascado en las mismas horas de respiración?

—Escuchame... —Marcos se inclinó sobre el mostrador, con los ojos inyectados en sangre, buscando la mirada de Benítez—. Vos tenés mi edad, hermano. Mírame. Mirame la piel. Si pasaron diez años... ¿dónde están mis canas? ¿Dónde están mis diez años? Yo no me fui. ¡Yo no me fui a ningún lado! Estuve cuarenta minutos manejando por la ruta 2. Me encandiló una luz blanca de mierda, me tapé los ojos tres segundos y vine para acá. ¿A dónde querés que haya ido? ¿Dónde carajo querés que haya estado diez años sin afeitarme, con la misma nafta en el tanque y la misma Coca helada en la mano?

El oficial Benítez no supo qué responder. Se tragó un buche de saliva seca. El sentido común de un tipo de pueblo le decía que tenía enfrente a un loco, a un mitómano desequilibrado que se había escondido en una cueva o se había ido a trabajar a un campo clandestino en el norte. Pero la física del tipo lo contradecía de punta a punta. No había degradación en su ropa. La tela de la campera gris no estaba descolorida por el sol. El perfume no era el rastro tenue de un recuerdo: era el aroma denso, químico y reciente de un frasco abierto esa misma mañana.

—Llamá a Vanesa —dijo Marcos, y la voz se le transformó en un suplicio, en el ruego de un nene perdido—. Llamala. Decile que estoy acá. Ella te va a decir. Ella me conoce las marcas de la espalda. Ella sabe que yo no la dejaría sola ni aunque me paguen. Llamala por favor...

Benítez miró al agente joven.

—Avisa a Santa Fe. Que manden un móvil a buscar a la señora Vanesa. O que le avisen a Fernández.

—¿Quién es Fernández? —saltó Marcos, con las orejas ardiendo—. ¿Quién es Fernández?

—El oficial que llevó el caso tuyo después del primer año —respondió Benítez sin mirarlo, marcando un número en el teléfono que tenía en la mano—. El que se quedó con la causa cuando la fiscalía la dio por muerta.

Mientras esperaban, el silencio en la comisaría se volvió denso, insoportable.

El teléfono Motorola de Marcos, enojado y caliente sobre la mesa, seguía recibiendo ráfagas esporádicas de la red Wi-Fi. Las notificaciones eran como fósforos encendidos tirados a un depósito de pólvora. Marcos no quería mirar la pantalla, pero sus ojos volvían solos, atraídos por la tortura digital.

Leía los nombres de sus amigos, de compañeros de trabajo que ya no se acordaba que existían. Leía la transformación del tono de los mensajes: del espanto inicial a la bronca, de la bronca a la indignación moral, y de la indignación a la nada. Vio la fecha de un mensaje de su hermano, que vivía en Córdoba: «Marcos, mamá se murió en Octubre. Se murió esperando alguna noticia tuya. No sé si vas a leer esto alguna vez, pero ojalá te pudras en el infierno por haberte ido asi, por no haber aparecido ni siquiera por ella, sorete».

A Marcos le tembló el mentón. Un sollozo seco, sin lágrimas, le salió del pecho.

—Mi vieja... —susurró, mirando el techo descascarado—. Mi vieja estaba bien. El domingo almorzamos ravioles en lo de ella. Le llevé el sifón de soda...

—Ibáñez, no mires más esa porquería —le dijo Benítez, estirando la mano para dar vuelta el celular sobre la mesa—. Te vas a hacer mal.

—¡Es que no puede ser! —estalló Marcos, agarrándose la cabeza con las dos manos, clavándose las uñas en el cuero cabelludo hasta sacarse sangre—. ¡No puede ser! Yo no estuve ausente. Mi mente estuvo acá todo el tiempo. Conté los postes de luz de la ruta. Canté la cumbia que estaba en la radio. Pensé en el chocolate para Vane. Pensé en que mañana tenía que pedir turno para el dentista. ¡No me falta un solo segundo de mi vida! ¿Entendés lo que te digo? ¡No me falta nada! Si pasaron diez años, ¿dónde están mis diez años de pensamientos? ¿Dónde carajo estuve mientras el mundo seguía andando?

—No lo sé —dijo el oficial, y por primera vez la voz se le quebró, mostrando el miedo real que le provocaba la situación—. Te juro por Dios que no lo sé. Pero para el mundo, esos diez años pasaron. Tu vieja se murió, las casas se pintaron de nuevo, los pibes crecieron y la gente se cansó de llorarte.

Marcos se dejó caer de espaldas contra la pared. El frío de los ladrillos le atravesó la campera, pero ya no le importaba. La mente se le había vuelto un engranaje girando en el vacío, gastándose contra sí mismo. La sensación era terrorífica: la certeza absoluta de su propia continuidad biológica chocando de frente contra la evidencia inapelable de que la realidad lo había dejado atrás, borrándolo como se borra una tiza vieja de un pizarrón.

Una hora después, y luego de varios vasos de agua ofrecidos, el continuaba allí. Él no había cambiado. El monstruo no era él. El monstruo era el tiempo, que se había escurrido por una grieta en la noche, en una ruta de la provincia sin pedirle permiso a nadie.

En ese momento, el picaporte de bronce de la puerta principal giró con un chillido. En ese instante exacto cuando la puerta de entrada de la comisaría se abrió de golpe, trayendo consigo una ráfaga de viento helado de la calle y el sonido de unos pasos pesados sobre las baldosas, Marcos levantó la cabeza para ver entrar a su vida destruida.

Entró ella.

Marcos se levantó de golpe. La silla cayó hacia atrás contra el piso de mosaico con un ruido sordo.

Era Vanesa. Tenía la misma estructura de hombros, la misma forma de caminar inclinándose un poco hacia la izquierda, pero los hilos plateados le dominaban todo el pelo. La cara tenía pliegues marcados alrededor de los labios, arrugas profundas cerca de los ojos. Sesenta años. La piel de una mujer que había aprendido a masticar el dolor sola en una casa fría.

Y no venía sola.

Traía la mano entrelazada con la de un tipo. Un hombre de su misma edad, sesenta y largos, canoso, con una camisa azul, casi de corte oficial y la misma panza redonda de hombre maduro que Marcos tenía bajo la campera gris. No era un pibe nuevo. Era un par. Un hombre maduro que ocupaba su espacio.

A Marcos se le rompió algo adentro del pecho. Un chasquido seco, físico. Su cerebro no podía hacer la cuenta de diez años; su cerebro estaba congelado en la imagen de su esposa en camisón, despidiéndolo a la mañana con un beso. Para él habían pasado cuarenta minutos.

—¿Quién es este tipo? —la voz le salió rasposa, quebrada, sin fuerza para gritar—. ¿Qué hace agarrado de la mano de mi mujer? ¡Yo me fui esta mañana! ¡Cargué nafta, compré un chocolate y vine! ¿Y vos ya estás con otro?— le recrimino casi llorando.

Vanesa se quedó petrificada en la mitad del pasillo. Miró la campera gris de Marcos. Miró el cuello doblado de la camisa. Era el mismo hombre que había salido a trabajar un martes a la mañana. Ni una cana más. Ni una arruga nueva.

—Marcos... escuchame...

—¡No! ¡No me digas nada! ¡Vos me dijiste que me esperabas para comer! ¡Yo vine!

El tipo que venía con ella dio un paso adelante. No levantó las manos, no puso cara de malo. Tenía los ojos tristes de los tipos que vieron demasiado papeleo feo en la vida.

—Calmate —le dijo, con un tono tranquilo, de hombre a hombre—. Yo llegué a esta comisaría dos meses después de que te fuiste. A mí me dieron tu expediente archivado. Yo fui el que tuvo que ir a la casa a decirle a tu mujer que, sin un cuerpo, la justicia no la iba a ayudar más. Yo la acompañé a Tribunales a firmar los papeles para que la comuna no le rematara la propiedad por los impuestos acumulados. Yo no te robé nada, Marcos. Yo junté los pedazos que dejaste.

Marcos sacó el ticket de la YPF y se lo estampó en el pecho al tipo.

—¡Mirá! ¡Mirá lo que cargué hace cuarenta minutos!

El hombre tomó el papelito con delicadeza, lo dio vuelta bajo la luz del tubo fluorescente y se lo mostró con pena.

—... este ticket tiene diez años. La nafta salía dieciocho pesos en esa época. Está dos mil cien ahora…

Vanesa empezó a llorar. Un llanto silencioso, denso, cargado de diez años de bronca, de vergüenza y de noches solas mirando el techo.

—Yo te esperé dos años sin tocar tu ropa, Marcos —dijo ella, con la voz temblando—. Dos años con tu cepillo de dientes en el vaso del baño. Iba todos los santos días a la jefatura a preguntar si había algún N.N. en la morgue de Santa Fe. Después no vino nadie más. Nadie. Solo él. Él era el único que me atendía el teléfono a las dos de la mañana cuando me despertaba llorando porque soñaba que te habías muerto, o que te habías ido con otra. ¿Qué querías que haga? ¿Que me quede viuda de un vivo durante diez años?

El comisario mayor volvió del archivo del fondo. Traía un expediente de tapas amarillas, gastado en las esquinas, atado con un piolín gris. Lo apoyó sobre la mesa. El golpe sonó como un martillazo.

—Marcos, te tengo que leer esto —dijo el comisario.

Desató el nudo. Leyó con voz cansada:

—«Acta de Presunción de Fallecimiento. Juzgado Civil N°3 de la Primera Circunscripción de Santa Fe. Titular: Marcos Ibáñez. Fecha de defunción presunta: 14 de septiembre de 2021. Solicitante: Vanesa María González, en carácter de cónyuge superviviente...»

El papel tenía el sello ovalado de la provincia y la firma de Vanesa, con una caligrafía temblorosa al pie de la página. Al lado, la firma del oficial como testigo.

—Para el sistema vos estás muerto —dijo el comisario, mirando el suelo—. Tu casa ya no es tuya; la vendieron para pagar las deudas del juicio. Tu tarjeta de débito se dio de baja en 2018. Si querés volver a existir, tenes que contratar un abogado, hacer un juicio contra el Estado que te va a llevar cinco o seis años, solo para que un juez firme que estás vivo de nuevo.

Ahí Marcos entendió.

No era el tiempo lo que lo había matado. Era la vida de los demás, que había seguido rodando sin esperarlo. Aquella era la segunda muerte, la definitiva: la de no tener un lugar donde caerse muerto en la memoria de nadie.

Se levantó despacio. El chocolate Águila se había derretido un poco por el calor de la estufa, deformando el envoltorio. Lo dejó sobre la mesa de entrada. Tomó la fotocopia del acta de defunción y el ticket de dieciocho pesos.

—Me voy a Santa Fe —dijo, mirando al techo—. A ver si en el centro alguien me reconoce.

Nadie lo frenó. Vanesa dio un paso atrás para dejarlo pasar, tapándose la boca con la mano. El oficial canoso la tomó del hombro con suavidad.

Marcos salió a la noche de Arroyo Aguiar. Se subió al auto. El motor arrancó al primer tirón, fiel como siempre. Salió a la ruta. El aire helado del invierno entraba por la rendija de la ventilación abierta.

Apoyó el ticket arrugado sobre el tablero, al lado del velocímetro. El acta de defunción quedó sobre el tapizado del asiento del acompañante, abierta de par en par.

Manejó cinco kilómetros. A la altura de la misma curva, donde los eucaliptos altos tapaban las estrellas, la vio de nuevo.

La misma luz blanca.

Le hizo seña de luces. Una, dos veces. La luz no bajó. Empezó a crecer, limando las sombras de los alambres, hasta volver el parabrisas un espejo de tiza radiante.

Marcos levantó la mano para cubrirse la cara. En la radio, la música se cortó de golpe y entró el chasquido estático de las voces superpuestas.

Frenó en la banquina. La tierra crujió bajo las ruedas. Cerró los ojos, apretando el volante con las dos manos, temblando de rabia y de frío.

Cuando abrió los ojos, la luz se había ido.

De repente, estaba entrando otra vez a Arroyo Aguiar.

Miró por la ventanilla. Las casas tenían el color que él desconoció la última vez, pero esta vez, mucho más gastado, como si hubieran pasado otra vez algunos años. La casa de Charly no era azul; era casi un gris despintado. Dobló en su cuadra y paró el auto.

El pino del jardín era un tronco grueso, viejo y seco, sostenido por dos tutores de madera, con la tierra negra recién removida alrededor, lo habían estado queriendo sacar. El perro de algún vecino empezó a torear detrás del tejido.

Marcos bajó del auto. Sacó la llave dorada del bolsillo. Probó. La llave entró suave, sin resistencia, y el picaporte cedió.

Entró.

La casa olía a encierro, a polvo viejo y a humedad de paredes cerradas. No había muebles en la sala. En el medio del living, tirado en el piso, cerca de la puerta interna, había una faja de clausura de la Policía de Santa Fe, seca y quebradiza, que evidentemente había estado pegada en la puerta principal. El sello de tinta violeta, gastado por los años, apenas dejaba leer: «JUZGADO CIVIL Y COMERCIAL N°3 - PROHIBIDO EL INGRESO - SECUESTRO / CAUTELAR».

En el bolsillo de su campera, el Motorola viejo —el que había quedado muerto y cargándose en la comisaría— empezó a vibrar contra su muslo.

Un mensaje nuevo. De ahora.

«Amor: ¿Dónde estás? ¿Llegas para cenar?»

Era el mensaje de hace diez, o veinte años. El mensaje que ella le había mandado cuando él salió de la YPF. Le acababa de entrar.

Marcos se apoyó contra la pared fría del pasillo y se dejó caer hasta el piso.

Lo entendió todo. No lo iban a dejar volver a vivir porque en el mundo real ya no había un solo metro cuadrado reservado para él. Cada vez que intentara arreglar los papeles, cada vez que buscara que un juez lo declarara vivo, la ruta se iba a encargar de devolverlo a esos cuarenta minutos exactos donde se había perdido.

Estaba muerto para los papeles. Y la ruta no le iba a permitir estar vivo en ningún otro lado.

Afuera, en la vereda, el pino era solamente un tronco muerto a punto de derrumbarse. Adentro, en la penumbra de la casa vacía, el teléfono celular no paraba de sonar sobre la tierra del piso.

Tun. Tun. Tun. Tun-tun-tun

Y esta vez, con la cabeza apoyada entre las rodillas y el frío juntándosele en las manos, Marcos ni lo miró.