(algunos dirán que es cuento.... otros, "anécdota")
En colaboración con Martino NuÑez (el ñuñi)
El despertador de las siete
Hay mañanas en las que el destino parece armarse con fichas de dominó: basta que caiga la primera para que todo lo demás se desmorone a tumba abierta.
Martín tenía a las once de la mañana, en Rosario, la entrevista que venía persiguiendo hacía tres años. La oportunidad que lo sacaría a flote. Santa Fe lo despedía con una noche fría de hotel y una planificación milimétrica de esas que solo hacen los obsesivos del reloj:
Calculó: hora y media de autopista, media hora para encontrar estacionamiento en el centro rosarino y otra media hora de margen "por cualquier inconveniente".
La ecuación era simple: 08:30 hs en punto debía estar con el auto en la calle. Para eso, 07:00 hs arriba: ducha, desayuno rápido, segundo paso por el baño, pagar la cuenta y salir.
Dejó la indicación clara en recepción antes de acostarse: «Por favor, llámeme a las siete en punto. Es fundamental». El recepcionista anotó el número de habitación, asintió con una sonrisa profesional y prometió la alarma humana.
A las 09:00 de la mañana, la luz del sol golpeándole la cara despertó a Martín con un corrientazo en el pecho.
No hubo llamada. El recepcionista se había distraído organizando la planilla del turno noche, se le pasó la hora y simplemente se olvidó.
Lo que siguió fue un torbellino helado de adrenalina y rabia. Martín se vistió a los tirones, bajó los escalones de a tres, tiró la tarjeta en la barra del hotel, pagó entre masticando insultos y salió a la calle hecho una tromba. Se subió al auto, puso primera y arrancó cegado por la furia, pensando únicamente en los minutos que se le escurrían entre los dedos y en la cita que se le iba a la basura.
Seis cuadras más adelante, en una esquina cualquiera, el semáforo dio el amarillo y pasó inmediatamente a rojo. Martín, ajustando el espejo con una mano y con la cabeza hervida en bronca, ni lo vio. Tampoco vio a la madre que bajaba de la cordada empujando el cochecito de su bebé.
El impacto fue seco. La tragedia, instantánea e irreversible.
En la comisaría, horas después, Martín —destrozado, con las manos temblando sobre la mesa— no dejaba de repetir una sola frase entre sollozos:
«Si ese muchacho me hubiera llamado a las siete... si tan solo hubiera hecho su trabajo... yo no estaría acá y esa familia estaría viva».
La pregunta queda flotando en el aire, áspera y punzante, para cualquiera que intente analizar la condición humana y las leyes que nos rigen:
¿Tiene el recepcionista alguna cuota de responsabilidad en esas dos muertes?
A primera vista, la lógica de la calle tienta a decir que sí. Hay una cadena visible: sin olvido no hay apuro; sin apuro no hay ceguera; sin ceguera no hay tragedia.
Sin embargo, el Derecho y la vida misma suelen ser más fríos —y quizás más justos—. La ley distingue entre la causalidad natural y la imputación jurídica. El deber del recepcionista terminaba en la puerta del hotel: su trabajo era evitar que Martín llegara tarde a su cita, no velar por cómo manejaría él un vehículo horas más tarde.
Al apretar el acelerador, al decidir que el apuro justificaba la imprudencia, Martín cortó cualquier nexo con la recepción del hotel y asumió, en soledad absoluta, la autoría de su propia tragedia. El enojo no anula la conciencia, ni el retraso justifica saltarse un semáforo en rojo.
El recepcionista dormirá esa noche con la culpa moral de haber arruinado la entrevista de un cliente; pero Martín cargará en sus espaldas, por el resto de sus días, con el peso de dos vidas arrebatadas por no haber sabido frenar a tiempo.
Para pensar en el café...
A veces nos gusta pensar que nuestros actos son siempre consecuencia de lo que otros nos hacen. Pero al final del día, cuando tenemos el volante en la mano —literal o metafóricamente—, la decisión de frenar o acelerar ante la luz roja sigue siendo estrictamente nuestra.
¿Vos qué opinás? ¿Creés que la culpa se puede repartir cuando el contexto nos saca de quicio, o la responsabilidad es siempre de quien aprieta el pedal?