El sol de marzo caía como plomo caliente sobre la maraña verde de Oberá. En aquel 1937, la selva misionera no conocía el freno de las grandes máquinas ni el trazado de los caminos modernos; sólo existía el obraje, impuesto sobre doscientas hectáreas de monte virgen por Don Wladimiro Krukowsky, un polaco abrumado de ambición que había venido a devorar el pino Paraná a pura hachada y rozado.
Eusebio Maidana tenía treinta y ocho años, dos hijos arrojados al monte y manos ásperas como corteza de lapacho. No era hachero. Era jangadero, la única raza de hombres dispuesta a aceptar un oficio que nadie quería: a él no le pagaban el día de trabajo; le pagaban únicamente si llegaba al destino, y con la jangada completa.
Durante semanas había construido su propia balsa. Trescientos enormes troncos de araucaria apretados fuertemente con tacuaras y alambre San Martín, constituyendo una masa flotante de cuarenta metros de largo por quince de ancho. En la superficie, una casilla de chapa y lona guardaba una pequeña cocina a leña, un catre de lona y la figura tallada de San La Muerte. Abajo, en la penumbra, el ritmo incesante e indiferente del río.
Debía gobernar ese monstruo de madera desde el embarcadero del arroyo Ramón, descender el curso traicionero del Paraná y entregar la carga en el puerto de La Paz, al norte de Entre Ríos, donde el comprador aguardaba. Allí esperaban también los "catreros", hombres de piel curtida que vigilaban la corriente en sus botes de remo, armados con larguísimos bicheros de hierro. Apenas divisaban a la distancia la gigantesca mancha oscura, salían a su encuentro, clavaban las pértigas y, con infinita paciencia, arrimaban la mole al "remanso de la jangada", una ensenada apacible donde los bueyes y los malacates desarmaban la balsa, tronco a tronco. Perder esa ensenada significaba el desastre: la carga iría a estrellarse contra los bancos de arena del Paraná, perdida para siempre.
Salió con creciente chica, la marea justa para desatarse del monte. En Misiones, el Paraná es una garganta estrecha y voraz. Eusebio no remaba; dejaba que la corriente arrastrara las toneladas de madera mientras él, parado como una estatua de barro, usaba una pértiga de cinco metros únicamente para empujar la masa lejos de las restingas de piedra.
Durante los dos primeros días, el río se llenó con el gemido sordo de la madera. Los troncos crujían al acomodarse bajo la tensión del agua y la terca lluvia. Al tercer día, a la altura de Corpus, el cauce se abrió de golpe y el calor estalló sobre la balsa. El vapor que brotaba de la corteza húmeda traía consigo a miles de polizones de la selva: arañas peludas, lagartijas brillantes, algún coatí asustado. Eusebio los dejaba tranquilos. En el monte, la compañía de los animales alivia la soledad.
Esa misma tarde, mientras inspeccionaba la estructura, notó que la correntada había aflojado un amarre de alambre. Metió el pie descalzo entre dos gruesos troncos para calafatear la ligadura.
Sintió un latigazo seco. No fue un dolor insoportable, sino una punzada profunda, casi fría, en el empeine izquierdo.
Al retirar la pierna con un impulso instintivo, vio deshacerse entre la corteza húmeda la cola gruesa, ensortijada de amarillo y negro. Una yarará de gran tamaño, aletargada por días en el corazón fresco de la jangada, había despertado. De un solo hachazo le cercenó la cabeza, pero el veneno ya corría por sus venas.
Se lavó la herida con agua del río y se anudó un trapo empapado en kerosene al tobillo. Sabía que no podía detenerse. Detener una jangada en la costa misionera equivale a regalar la madera a los piratas del río. Y el veneno de la yarará no mata de inmediato; es una gangrena lenta que va devorando la carne y apagando la sangre.
Para el cuarto día, la fiebre lo aplastaba contra los troncos. El pie izquierdo era una masa deforme, negruzca y ardiente. Incapaz de mantenerse en pie, arrastró el cuerpo hasta la sombra de la casilla. Ya no comía; sólo bebía sorbos amargos del Paraná con un jarro de lata. En el delirio de la infección, la selva volvió a cobrar vida a su alrededor: escuchaba los gritos destemplados del polaco Krukowsky retumbando entre los árboles, veía la figura distante de su mujer y las caras sucias de sus hijos.
La pértiga quedó abandonada sobre la plataforma. La jangada, ciega y gigantesca, continuó derivando. Nada hay más trágico en el río que la jangada sin gobierno: el hombre agoniza sobre su carga, pero la masa de madera y la corriente siguen marchando con una crueldad indiferente.
Juntando las últimas fuerzas de una lucidez agónica, Eusebio tomó un trozo de carbón de la cocina y, sobre una tabla de pino, trazó con mano temblorosa unas pocas letras:
PARA MI HIJO ANTONIO. QUE NO SEA JANGADERO.
Al amanecer del séptimo día, el Paraná se abría ancho y majestuoso como un lago de barro a la entrada de La Paz.
En la orilla, los catreros apuraban los últimos tragos de mate cocido junto al fuego cuando avistaron la mole de madera. La mancha negra derivaba con pesadez sobre el agua limpia del alba. Era una estructura magnífica, pero traía el sello de la desgracia: no había ningún hombre erguido en la proa con la pértiga, ni brotaba el menor hilo de humo de la chimenea de chapa.
—Viene dormido este —murmuró uno de los hombres, soltando la amarra de su bote.
Remaron al encuentro de la balsa y clavaron los bicheros con precisión. El silencio que envolvía a la jangada era abrumador, roto únicamente por el chapoteo rítmico de la corriente contra la madera.
Al entrar en la casilla, lo encontraron. Eusebio estaba tendido de lado sobre el catre, con las manos petrificadas alrededor de la estatuilla de San La Muerte. La pierna izquierda era un tronco hinchado y purpúreo, pero en el rostro del hombre se había asentado una serenidad absoluta, la paz definitiva de quien ha cumplido con su destino. Entre los dedos rígidos y fríos, aún apretaba la tablita escrita a carbón.
Uno a uno los catreros se descubrieron la cabeza en silencio. En La Paz existía una ley no escrita entre la gente del río: cuando un jangadero moría durante el viaje, aquella madera no se vendía, se ocupaba para hacerle una casa a la familia del finado, o el cajón.
Esa misma tarde, bajo la luz dorada del crepúsculo, desarmaron la jangada. Tronco por tronco. Y la misma araucaria que Eusebio Maidana había conducido a través de ochocientos kilómetros de selva y agonía, sirvió para construir el cajón que lo llevó lentamente hasta el cementerio del pueblo.
El río se lo tragó todo a su paso. Todo, salvo la pequeña tabla de pino, que quedó guardada para siempre.