(Crónica de un texto prestado)
A los 52 años, uno cree que ya aprendió a nombrar las pérdidas. Se supone que la escritura sirve para eso: para domesticar el dolor, para darle un orden a lo que se rompe por dentro. Pero cuando se te va el amigo de toda la vida —el hermano con el que compartiste la juventud, los códigos, las batallas y los años—, las palabras se vuelven pesadas, torpes, insuficientes.
En medio de ese silencio irrumpe un audio de quince minutos. Es el "Pichón". Habla con la voz quebrada, entre el sollozo aguantado y la dignidad intacta de los hombres de fuerza. Me llama "tío" y me pide ayuda. Quiere que le arme unas líneas para leérselas a su viejo en el cementerio, este 28, cuando se cumpla el primer mes. Me entrega sus recuerdos en bruto, como quien descarga un morral lleno de piedras y tesoros sobre la mesa.
Escucho el audio a oscuras y los veo. Como escritor, la escena se me dibuja sola. Veo a esos dos hombres enormes compartiendo el mate cocido de la madrugada antes de salir a trabajar. Veo la complicidad compinche de los últimos dos años y medio, las bromas a la "mamu", el barro en las botas, las chapas cambiadas a fuerza de lomo en el galpón nuevo. Veo la ternura sagrada y sin pudor de un hijo soldado penitenciario que, sin dudarlo, se agacha a lavar y darle de comer a su padre enfermo en una cama de sanatorio, devolviéndole la vida trago a trago, risa a risa, para que el viejo no llore.
Hay un pacto no escrito entre ellos que los salvó del espanto: entramos juntos y salimos juntos. Un código de camaradas penitenciarios que no se rompió ni en los días más oscuros del Sanatorio. El pibe no dio el brazo a torcer jamás. Le peleó a la muerte a fuerza de transfusiones de su propia sangre, de guardias cruzadas y de una fe ciega que se negó a aceptar lo inevitable hasta el último aliento.
Me acuerdo del día del entierro, bajo el umbral del llanto y con la vida cuesta arriba. Me acuerdo de mirarlo a los ojos en medio del dolor y darle la orden que el mismo Pelusa me había encomendado para él: "Párese y cuádrese, camarada, que está despidiendo a un buen soldado". Y el pibe se cuadró. Se puso de pie con el alma rota pero con la frente en alto, como solo se paran los hombres que lo dieron todo.
Ahora miro la hoja en blanco. Mi tarea no es inventar nada. Un escritor, a los 52 años, cuando le toca despedir a su mejor amigo, solo puede aspirar a ser un puente. Acomodar la sintaxis de un dolor ajeno pero tan propio, afinar la puntuación de un llanto y devolverle al hijo las mismas palabras de amor y lealtad que él le regaló a su viejo, para que este 28 se las pueda leer al lado de su mamá.
Yo pongo las letras; el amor, la sangre y la dignidad los puso él. Y mientras escribo, sé que en ese abrazo de padre e hijo ante la tumba, también va un pedazo de mi propia despedida para el amigo que ya no está....